Por un embrujo de tradición, o mejor por un milagro de fe, el tiempo, ese «ente de razón, que llaman los filósofos, adquiere plasticidad palpitante, cuando un pueblo sugestionado por una gran efemérides del año, toma entre sus dedos el calendario, no como un fichero frío de esquelas mortuorias de días que fenecieron o de promesas de fechas por amanecer, sino como un remolino de ilusiones que llama a una fecha desde el fondo de la nada al plano de la actualidad.
Es un derecho de los pueblos a contar sus días a partir del orgullo de un suceso de su vida. Para Marchena, esa ufanía de efemérides es su Semana Santa, punto de referencia de todos sus acontecimientos grandes y pequeños del año.
Aún están calientes los cirios apagados de sus procesiones y frescos los claveles de los pasos, cuando ya empiezan a dibujarse en el ambiente de las capillas los proyectos y reformas, y a pulular las preocupaciones para la Semana Santa venidera. Y en este pueblo racialmente pasionario se da el anacronismo pintoresco de afanarse los cofrades bajo los rayos de Agosto o los farolillos de la feria, o entre los belenes de Navidad, por prevenir las mejoras de sus cofradías. Unos traen y llevan las hebras de oro como piadosas arañas para tejer los palios y mantos de sus Vírgenes, otros cincelan la caoba y la plata para sus pasos, como salomones artífices de las arcas de la alianza de sus fervores y no faltan quienes, abejas solícitas, se preocupan con tiempo, de la cera para que no falte a su Hermandad. Y toda esta actividad.., en chitón y de puntillas, porque pudiera la otra cofradía pisar la originalidad, la reforma o el estreno.
Pero la aurora de la gran «fecha» que en el lenguaje litúrgico de la Iglesia se llama Cuaresma, empieza a despuntar con el grisáceo Miércoles de Ceniza, entre palideces de penitencia y como no hay amaneceres sin cantos a tono con cada clima, brota ese cantar gregoriano y plegaria Jonda» que es la saeta marchenera por obra y gracia del pueblo. Diríase que esta saeta es una paradoja hecha con quejidos de penitencia y aleluyas de resurrección porque los mismo florece en la garganta seca del gañán que trabaja en la besana como se modula en el paladear de un trago de manzanilla; ya es chispa que en el silencio de la alta noche salta de esos hogares de cofradía, que en Marchena se llaman «reuniones• cuaresmales domingueras, ya dardo disparado con aire y gallardía de rondalla junto a los hierros de una ventana tras la cual duerme la mocita indiferente a los otros flechazos de Cupido.
¡Saeta marchenera!: nostalgia de aquellos marcheneros que en estos días suspiran y lloran sobre los ríos de Babilonia del alejamiento de su patria chica. ¡Saeta marchenera! contrición sobre los labios moribundos de los que no saben rezar de otra manera, y arrullo de los que duermen el sueño de la muerte a la sombra del escudo de su cofradía en los panteones de las hermandades, y canto marchenero de beatitud en la visión apocalíptica de los que cantan su himno perpetuo ante el trono del Cordero Divino. ¡Saeta marchenera! Encarnación del espíritu de creencia en carne de <<solear», aire de folklore e himno de raza de un pueblo, que tiene historia propia.
...Y llegó Miércoles Santo. Todo está preparado, hasta esa comida de rito que nunca faltó en los solemnes banquetes del espíritu. Las túnicas han salido de los viejos arcones ungidos por los holandines de varias generaciones, relicarios de recuerdos, soleras de tradición; ya están planchadas y secada con ellas quizás, alguna lágrima que cayera de la madre, de la esposa o de la novia. A los últimos martillazos del montaje de los pasos. impone silencio al atardecer el volteo de la campana << cala», encaje de bronce musical, que volteó hasta la torre, escapado del tallado del coro y del retablo de la catedralicia iglesia de San Juan. El gran preludio va a comenzar con el <<Miserere» de Eslava: sobre las cuerdas de los violines se sienten caer las lágrimas del viejo penitente David, los metales enronquecen por los sollozos del aliento contrito y en trémolos suben hasta la garganta de los cantores los temblores del «malum coram te feci" ...
Marchena se concentra ante las escalinatas del presbiterio para sentir en católico ante las rodillas de la Madre Iglesia en su dolor.
La Semana Santa ya está en la calle: las mantillas negras se cruzan con los cascos de los soldados romanos, los lábaros de la legión con los estandartes de las cofradías, las filas de penitentes silenciosos bajo los golpes del régimen de mando en visita de monumentos, con las marciales formaciones de los romanos, bajo tambores y cornetas, en plan de callejeo, con el correspondiente cortejo de chiquillos.
Y vamos aprisa que el Dulce Nombre, en su piña de oro, imagen del Niño de Dios con Cruz a cuesta, original concepción de este pueblo y sublime precocidad pasionaria ya ha dado sus melenas al viento f n el cancel de San Sebastián. ¡Cuidado, Niño Divino, que un piquete de romanos te espera tras la esquina para prenderte! Ahora a la Capilla, que el Cristo de la Veracruz con la inspiración y pátina de nuestros imagineros de gran estilo, está ya en la calle; y enseguida a Santa Clara, que la Virgen <<señorita» la de la distinción del dolor... la Virgen de los Dolores cruza entre los naranjos del patio del Convento envuelta en un ambiente de azahares, dejando atrás el incienso de la oración de sus monjas. <<¡Qué lástima que tampoco este año hayan matado al «macaco» que va barrenando la Cruz del Hijo", dice un comentario de chiquillo. Después, una Virgen morena, tras el sevillanísimo Cristo de la Veracruz, verde y blanco, esperanza y pureza, con presencia señorial
en el donaire de sus túnicas y saetas estilizadas en (seguiriya).
! Amanecer de Viernes Santo! Bajo la amarillez del alba y el revoletear de golondrinas, entre los rostros pálidos por la madrugada o el escalofrío de la emoción, Nuestro Padre Jesús sale de su Templo <<El amo de las cargas, como le dice el pueblo. Diríase que camina sobre los circunstantes pisando corazones con aires de saetas hasta llegar a la gran plaza, donde se celebra el típico «Mandato» drama de nuestra más pura cepa sagrada. Sin fin su recorrido de calles, sin fin sus filas de piadosas mujeres que le siguen; la consigna en todos los labios a través de la carrera «¡Nuestro Padre Jesús Nazareno».
Y ahora el más fuerte contraste de cofradía: Santísimo Cristo, de San Pedro, imagen que parece arrancada de un templo románico medieeval con silueta de «cubismo»
a fuerza de antigüedad; más tarde la Virgen gitana, la Soledad, «La .Mayeta• guapa, la «cernicalera» en el argot marchenero. La saeta le dio nombre:
Tú no fueras marchenera si en la noche de Pasión, Marchena no te dijera
en un piropo oración ¡Gitana y «cernicalera»
La Iglesia se reviste de «resurrección >> y todavía este pueblo no se resigna a dar por terminada su Semana Santa y así, en la mañana gloriosa del Domingo de Pascua, los pasos encendidos en los templos y las saetas postreras son las llamaradas más intensas del crepúsculo de la gran «fecha,..
Marchena está orgullosa; pero también librada. Cuando el «ángel exterminador» de algún castigo del Cielo pasó su espada de sangre por tantos pueblos, Marchena fue respetada ¿Por qué...? porque sobre las puertas de sus hogares el dedo de Dios grabó la contraseña de las misericordias, escrita con la sangre de sus Cristos y las lágrimas de sus Vírgenes.