Queridos
Hermanos
Ha llegado
el momento de cerrar un ciclo en la vida de nuestra querida Hermandad y en la
mía propia. En lo que me atañe, un ciclo de veintinueve años a su servicio como
Oficial de su Junta de Gobierno, los últimos nueve de ellos como Hermano Mayor.
Más de un cuarto de siglo, con sus momentos duros y con sus alegrías inmensas,
que ha pasado como un sueño.
Para la
Corporación, un período de años que es sólo una gota en su Historia, pero en el
que humildemente, y gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a Su Bendita Madre me
encontré.
Se abre una
etapa nueva, llena de ilusionantes retos que han de tener como objetivo
primordial el cumplimiento de los fines de nuestra Hermandad: promover el Culto
a Nuestros Amantísimos Titulares, procurar la Formación de los Hermanos y
profundizar en el ejercicio de la Caridad con nuestro prójimo.
La
Constitución del cristiano son los Santos Evangelios y el cumplimiento de
nuestras Reglas. Todo lo demás, Hermanos, por muy importante o llamativo que
sea, debe girar en torno a estos ejes fundamentales.
Llega, como
decía, la hora de la despedida. Pero no es ésta una despedida triste, porque no
puede haber tristeza cuando se tiene la íntima satisfacción de haber cumplido
con el deber. Es un adiós pleno de alegría, expectativa y agradecimiento.
Quiero hacer público este agradecimiento, hermanos míos, y así compartirlo con
vosotros.
En primer
lugar, necesito que sepáis cuánto tengo que agradeceros. Agradeceros que me
hayáis dado vuestra confianza en dos ocasiones para ser vuestro Hermano Mayor.
Agradeceros vuestro apoyo, vuestro ánimo, vuestro respeto, vuestro amor a la
Hermandad. Vuestro empeño en hacerla mejor y más grande. Por eso, gracias
también por las críticas, porque estas, cuando están fundadas, nos hacen aprender
y fortalecernos.
Quiero dar
las gracias a los Hermanos Mayores que confiaron en mí para formar parte de sus
Juntas de Gobierno. Gracias. Intenté siempre serviros, porque así servía a la
Hermandad, con nobleza, prudencia y seriedad. Si en algo os fallé, os pido perdón.
Gracias a
mis compañeros de Junta de Gobierno, muy en especial a los que me han
acompañado estos últimos nueve años. Gracias a vosotros compañeros de junta,
porque sin vuestra capacidad, vuestra entrega y esfuerzo no hubiera sido
posible lo realizado. Gracias por vuestro entusiasmo, paciencia y discreción.
También por vuestras discrepancias y por expresarlas, con libertad, pero
también con responsabilidad y la debida reserva, en el foro adecuado, que no es
otro que la Mesa de Gobierno, pensando siempre en el bien de la Hermandad.
Gracias por haber llegado hasta el final.
Es de
justicia manifestar mi agradecimiento a aquéllos que han ocupado puestos de
responsabilidad y confianza durante estos años:
A nuestra Agrupación Musical, Al coro de nuestra
Señora de la Piedad, a la Guardia Romana, Capataces, Camareras, Vestidores,
Diputados, Vuestra desinteresada dedicación tendrá su recompensa un día y mi
reconocimiento siempre.
No puedo
olvidarme de cuántos han colaborado en las distintas parcelas de la Hermandad
–Secretaría, Mayordomía, Cultos, Priostía, Formación, Asistencia Social…- y a
los que han estado siempre prestos a la llamada de la Junta de Gobierno. Hemos
tenido las puertas abiertas, pero de nada habría servido si no las hubierais
traspasado cada día para ofrecer vuestros esfuerzos a Nuestros Amantísimos
Titulares.
No quiero
dejar de agradecer su paciencia y su apoyo a mi familia y las de cuántos han
dedicado y dedican su tiempo a trabajar por la Hermandad. Sin ellos, que
comparten nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y, siempre, nuestros
disgustos, nada sería viable.
También
quiero pedir perdón a aquellos Hermanos que hayan podido sentirse contrariados
por alguna de mis decisiones o de mi forma de proceder. Tened por seguro que,
con mis fallas –el Hermano Mayor no es perfecto-y mis culpas, siempre he hecho
lo que entendía era mejor para la Corporación. He podido equivocarme, y así lo
asumo, pero os ruego que vuestro juicio sea piadoso, porque sólo el bien para
la Hermandad perseguí, a mayor Gloria de Dios, Nuestro Señor, y su Santísima
Madre.
Mis
penúltimas palabras serán para recordar a tantos Hermanos que se nos fueron, de
toda edad y condición, nacidos a la sombra del Dulce. Nombre de Jesús, ricos y
pobres, pecadores y santos que, bajo el Manto protector de su bendita madre de
la Piedad, gozan ya de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo. Intermediad, Hermanos
que estáis en el Cielo, por estos hermanos vuestros y por vuestra bendita
Hermandad.
Y las
últimas, para Ellos. Para nuestros amantísimos Titulares, a cuyo servicio como
Prioste juré mi primer cargo como Oficial de Junta y a cuyo servicio estaré
siempre.
Viva por
siempre nuestra hermandad. Y que Dios os bendiga.
