miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cronología de Nuestra Hermandad

1215 Santo Domingo de Guzmán funda la Orden de Predicadores en Tolouse, que es
confirmada solemnemente al año siguiente por S.S. Honorio III quien le confiere el
Título propio de "Predicadores".
1241 Según la tradicción historiográfica, Marchena musulmana se entregó pacificamente
al Rey Castellano -Fernando III- un 20 de enero de 1241, Festividad de San Sebastián.
1274 Gregorio IX promulga una Bula en el XIV Concilio Ecuménico, II de Lyón,
obligando tener especial veneración al Dulce Nombre de Jesús. Este mismo año el
Superior General de la Orden, Fray Juan de Vercellil, recibió de S.S., la
“Constitución Numperim” con el mandato de venerar el Nombre de Cristo, y
confiriéndole el privilegio de instalar en todas las Iglesias de los conventos de la
orden un altar dedicado al dulce nombre de Jesús.
Siglo XIV
1351-1367
Según los manuscritos encontrados por el historiador marchenero D. Juan Morales y
Sastre de “Apuntes sobre Marchena”, se hace referencia que los orígenes de la
Hermandad procede de principio del siglo XIV. Entre 1351 y 1367, (se supone) se
colocó en la ermita de S. Sebastián, en un retablo costeado por el III señor de
Marchena, D. Juan Ponce de León (ajusticiado y muerto por orden del rey D. Pedro I
-El Cruel-, por su amistad con los Trastamara), un hermoso niño Jesús abrazado a una
cruz de plata dorada que tenía en su oratorio de palacio. Las muchas gentes que se
dedicaron a su culto en congregación obtuvieron a principios del siglo XV, aprobación
de Hermandad del Diocesano.
Siglo XV
1400
Sin duda el gran difusor de la devoción al Santo Nombrede Jesús fué San Bernardino
de Siena, difundío (1404 – 1440) el nombre santo de “JESÚS”, representado en una
tablilla con el Crismón IHS, del cual salen rayos o lo cual está incorporado en un sol;
así se muestra su dedicación al "Santo Nombre”.
1430
Con el nombre “Sociedad del Santo Nombre de Dios” es fundada por fray Diego de
Vitoria en el Convento de San Pablo de la ciudad de Burgos la primera Cofradía del
Dulce Nombre de Jesús de España, mediante la Bula "Salvatoris et Nómini Nostri
Iesu Christi".
1432
La Cofradía del Santísimo Nombre de Jesús, popularmente conocida como del Dulce
Nombre de Jesús fue fundada en 1432 en Lisboa por el Rvmo. Padre Fray Andrés
Díez, O.P. obispo dimisionario de Megora, en Acaya (actual Grecia), y retirado a su
convento de Nuestra Señora del Rosario de la capital portuguesa.
Siglo XVI
1556
Juan Núñez de Santaella, Presbítero, Rector de la Cofradía del Nombre de Jesús de
Marchena, expone en su declaración en el pleito de 1593 que mantiene la Cofradía
con los Orden de Predicadores (Dominicos) que en la fecha de 1556 la cofradía
estaba ya fundada. También declara el Rector que la regla no la puede exhibir por
haberse perdido con otros muchos papeles y así lo jura por Dios nuestro Señor. No
sabemos si esta primigenia Regla tenía confirmación del ordinario, además se
desconocía el paradero de la misma, pues se extravió de manera accidental cuando el
mayordomo, Fernando de Avila, se fue huyendo de Marchena por deudas y dejó
pocos papeles y bienes de la Cofradía.
1563
El 4 de diciembre se clausura la última sesión del Concilio de Trento, y el 26 de
enero del año siguiente S.S. Pío IV aprueba todo lo establecido en él, mediante Bula
"Benedictus Deus"
1564
Por S.S. Pío IV, fueron aprobadas y unidas a la tarea pontificia las Cofradías del
Dulce Nombre de Jesús mediante la Bula "Iniuctum Nobis", aprobando sus
Constituciones y poniéndolas bajo su protección, pasando a ser Pontificias
Archicofradías del Dulce Nombre de Jesús.
1566
El Doctor Cevadilla, habiendo precedido su confirmación de provecho y utilidad, dio
mandamiento para que edificase capilla propia en San Sebastián, la Cofradía del
Santo Nombre de Jesús.
1571
S.S. Pío V confirma la creación e institución de estas Archicofradías del Dulce
Nombre de Jesús mediante la Bula "Decet Romanum Pontíficem", confiándolas en
la Iglesia Universal a la Orden de Santo Domingo.
1572
En Sevilla, la Regla de la Cofradía del Santísimo Nombre de Jesús se contiene en el
Sínodo Diocesano que celebró el arzobispo de Sevilla, don Cristóbal de Rojas y
Sandoval, el lunes 15 de enero de 1572.El arzobispo de Sevilla creó esta Cofradía con
objeto de desterrar la blasfemia de la archidiócesis y mandó que se instituyera en
todas las parroquias (A.C.S.Legajo 10131 Fondo Histórico Genera)
1572
S.S. Gregorio XIII confirma los privilegios de las Archicofradías del Dulce Nombre
de Jesús mediante la Bula "Salvatoris Et Nómini Nostri Iesu Christi"
1572-1580
Las primeras cuentas aprobadas datan entre los años 1.572 a 1.574 y el Primer
Cabildo Ordinario de Oficiales que se tiene conocimiento se celebró el domingo día
10 de enero de 1.588.
1593
Pleito que surge en mayo de ese año y enfrentó a la Orden de predicadores del
convento de San Pedro Mártir, siendo prior fray Martín González con la Cofradía del
Nombre de Jesús. Pretenden que la Cofradía establecida en la iglesia de San
Sebastián se traslade al convento de Santo Domingo.Con fecha 9 de septiembre de
1593 el licenciado Iñigo de Leciñana, provisor del arzobispado de Sevilla, falló los
autos de este proceso y declaró que el motu proprio de Pío V no comprendía a la
Hermandad del Nombre de Jesús y dio por libres a los cofrades de lo pedido por parte
del convento de Santo Domingo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Final de etapa

Queridos Hermanos
Ha llegado el momento de cerrar un ciclo en la vida de nuestra querida Hermandad y en la mía propia. En lo que me atañe, un ciclo de veintinueve años a su servicio como Oficial de su Junta de Gobierno, los últimos nueve de ellos como Hermano Mayor. Más de un cuarto de siglo, con sus momentos duros y con sus alegrías inmensas, que ha pasado como un sueño.
Para la Corporación, un período de años que es sólo una gota en su Historia, pero en el que humildemente, y gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a Su Bendita Madre me encontré.
Se abre una etapa nueva, llena de ilusionantes retos que han de tener como objetivo primordial el cumplimiento de los fines de nuestra Hermandad: promover el Culto a Nuestros Amantísimos Titulares, procurar la Formación de los Hermanos y profundizar en el ejercicio de la Caridad con nuestro prójimo.
La Constitución del cristiano son los Santos Evangelios y el cumplimiento de nuestras Reglas. Todo lo demás, Hermanos, por muy importante o llamativo que sea, debe girar en torno a estos ejes fundamentales.
Llega, como decía, la hora de la despedida. Pero no es ésta una despedida triste, porque no puede haber tristeza cuando se tiene la íntima satisfacción de haber cumplido con el deber. Es un adiós pleno de alegría, expectativa y agradecimiento. Quiero hacer público este agradecimiento, hermanos míos, y así compartirlo con vosotros.
En primer lugar, necesito que sepáis cuánto tengo que agradeceros. Agradeceros que me hayáis dado vuestra confianza en dos ocasiones para ser vuestro Hermano Mayor. Agradeceros vuestro apoyo, vuestro ánimo, vuestro respeto, vuestro amor a la Hermandad. Vuestro empeño en hacerla mejor y más grande. Por eso, gracias también por las críticas, porque estas, cuando están fundadas, nos hacen aprender y fortalecernos.
Quiero dar las gracias a los Hermanos Mayores que confiaron en mí para formar parte de sus Juntas de Gobierno. Gracias. Intenté siempre serviros, porque así servía a la Hermandad, con nobleza, prudencia y seriedad. Si en algo os fallé, os pido perdón.
Gracias a mis compañeros de Junta de Gobierno, muy en especial a los que me han acompañado estos últimos nueve años. Gracias a vosotros compañeros de junta, porque sin vuestra capacidad, vuestra entrega y esfuerzo no hubiera sido posible lo realizado. Gracias por vuestro entusiasmo, paciencia y discreción. También por vuestras discrepancias y por expresarlas, con libertad, pero también con responsabilidad y la debida reserva, en el foro adecuado, que no es otro que la Mesa de Gobierno, pensando siempre en el bien de la Hermandad. Gracias por haber llegado hasta el final.
Es de justicia manifestar mi agradecimiento a aquéllos que han ocupado puestos de responsabilidad y confianza durante estos años:
 A nuestra Agrupación Musical, Al coro de nuestra Señora de la Piedad, a la Guardia Romana, Capataces, Camareras, Vestidores, Diputados, Vuestra desinteresada dedicación tendrá su recompensa un día y mi reconocimiento siempre.
No puedo olvidarme de cuántos han colaborado en las distintas parcelas de la Hermandad –Secretaría, Mayordomía, Cultos, Priostía, Formación, Asistencia Social…- y a los que han estado siempre prestos a la llamada de la Junta de Gobierno. Hemos tenido las puertas abiertas, pero de nada habría servido si no las hubierais traspasado cada día para ofrecer vuestros esfuerzos a Nuestros Amantísimos Titulares.
No quiero dejar de agradecer su paciencia y su apoyo a mi familia y las de cuántos han dedicado y dedican su tiempo a trabajar por la Hermandad. Sin ellos, que comparten nuestras alegrías, nuestras preocupaciones y, siempre, nuestros disgustos, nada sería viable.
También quiero pedir perdón a aquellos Hermanos que hayan podido sentirse contrariados por alguna de mis decisiones o de mi forma de proceder. Tened por seguro que, con mis fallas –el Hermano Mayor no es perfecto-y mis culpas, siempre he hecho lo que entendía era mejor para la Corporación. He podido equivocarme, y así lo asumo, pero os ruego que vuestro juicio sea piadoso, porque sólo el bien para la Hermandad perseguí, a mayor Gloria de Dios, Nuestro Señor, y su Santísima Madre.
Mis penúltimas palabras serán para recordar a tantos Hermanos que se nos fueron, de toda edad y condición, nacidos a la sombra del Dulce. Nombre de Jesús, ricos y pobres, pecadores y santos que, bajo el Manto protector de su bendita madre de la Piedad, gozan ya de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo. Intermediad, Hermanos que estáis en el Cielo, por estos hermanos vuestros y por vuestra bendita Hermandad.
Y las últimas, para Ellos. Para nuestros amantísimos Titulares, a cuyo servicio como Prioste juré mi primer cargo como Oficial de Junta y a cuyo servicio estaré siempre.

Viva por siempre nuestra hermandad. Y que Dios os bendiga.

jueves, 11 de mayo de 2017

Himno JMJ

Muros que se rompen con el perdón, viento de paz, lazos de unión
Cura tus heridas, siente su amor, luz de Jesús en tu interior
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor
Dios que se hace niño y sabe abrazar y bendecir y perdonar
Hijo de María que se hace pan, fuerza nos da para cantar
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor
Música que gira a mi alrededor, bella es la luz de la creación
Arte en nuestras manos, fuego creador, laudato sí, siempre señor
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor.

Llena la boca del que tiene sed y hambre
Da cobijo a aquel que lo demande
Escuchar de tu boca esta frase cuando mi vida acabe
He aquí los méritos de mi padre...
Vestir al desnudo no quedará en balde, visita al enfermo, los brazos del padre
Obreros son pocos, la miel siempre es mucha
Misericordia, hermano, escucha
Del polvo vinimos, huesos de mis huesos
Amando al de al lado, socorriedno a los presos
Enseñar al que no sabe, si no conocen cómo quieres que alaben
Dar un buen consejo al que lo necesita cuando el camino tuerce y todo se complica
Con amor, con alegría de hermanos corregimos a los equivocados
Las injurias, las ofensas perdonamos, el consuelo procuramos alcanzado
Los pacientes salvarán la humanidad, levantarnos fortalece la humildad
Soportarnos la flaqueza sanará, muerte al ego, brotará, brotará fraternidad
Rezar por los hermanos, tomarnos esto en serio, pulsé la caridad y el amor siempre se enciende
Evitar este destierro enterrando aquí sus cuerpos, pidamos por sus almas para que lleguen al cielo
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor.
Muros que se rompen con el perdón, viento de paz, lazos de unión
Cura tus heridas, siente su amor, luz de Jesús en tu interior
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor
Dios que se hace niño y sabe abrazar y bendecir y perdonar
Hijo de María que se hace pan, fuerza nos da para cantar
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor
Música que gira a mi alrededor, bella es la luz de la creación
Arte en nuestras manos, fuego creador, laudato sí, siempre señor
Hoy ya soy feliz en su corazón
Hoy ya soy feliz llevaré su amor
(Rapeando)
Llena la boca del que tiene sed y hambre
Da cobijo a aquel que lo demande
Escuchar de tu boca esta frase cuando mi vida acabe
He aquí los méritos de mi padre...
Vestir al desnudo no quedará en balde, visita al enfermo, los brazos del padre
Obreros son pocos, la miel siempre es mucha
Misericordia, hermano, escucha
Del polvo vinimos, huesos de mis huesos
Amando al de al lado, socorriedno a los presos
Enseñar al que no sabe, si no conocen cómo quieres que alaben
Dar un buen consejo al que lo necesita cuando el camino tuerce y todo se complica
Con amor, con alegría de hermanos corregimos a los equivocados
Las injurias, las ofensas perdonamos, el consuelo procuramos alcanzado
Los pacientes salvarán la humanidad, levantarnos fortalece la humildad
Soportarnos la flaqueza sanará, muerte al ego, brotará, brotará fraternidad
Rezar por los hermanos, tomarnos esto en serio, pulsé la caridad y el amor siempre se enciende
Evitar este destierro enterrando aquí sus cuerpos, pidamos por sus almas para que lleguen al cielo
Hoy ya soy feliz en su corazón

Hoy ya soy feliz llevaré su amor.

Triduo a Maria Santísima de la Piedad

Llegado mayo, el mes de María, nuestra Hermandad como así reflejan sus reglas, celebra Solemne Triduo a nuestra titular María Santísima de la Piedad.
Estos cultos tendrán lugar (D.m.) los días 11, 12 y 13 de mayo a las 21:15 horas dando comienzo con el rezo del Santo Rosario y prosiguiendo con el ejercicio de triduo y posteriormente la Santa Misa. El último día de triduo celebraremos Función Solemne y acto de promesa de reglas e imposición de la medalla de la Hermandad para los hermanos que han cumplido los catorce años en el último año y hermanos de nuevo incorporación de edad superior.
El coro Ntra. Sra. de la Piedad participará cada día durante la Santa Misa.




lunes, 12 de diciembre de 2016

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues solo Dios se recrea en tan graciosa belleza.

lunes, 1 de febrero de 2016

Algo de historia de nuestra Hermandad.


El presente de una Hermandad se mira en el espejo de
su historia. Historia llena de avatares que va formando
la mentalidad, vida e ilusiones de sus hermanos
Hoy, en este artículo, nos asomamos a la divulgación
del pasado, dando a conocer aspectos sobre la vida
religiosa de Marchena a finales del siglo XVI, y concretamente,
el Pleito que en el año 1593 enfrentó al
prior y convento de San Pedro Mártir con la Cofradía
del Nombre de Jesús.
Documentos que a través de su expediente nos revela
información sobre el desarrollo histórico de la
Hermandad del Dulce Nombre, así como las peculiaridades
y aspectos fundamentales de esta asociación
laica de fieles y organización interna. Documentos
custodiados en el Archivo General del Arzobispado de
Sevilla que nos dan hasta ahora las noticias más exactas
de la fundación de la Hermandad.
El contencioso que enfrentó al convento de San Pedro
Mártir de la Orden de Santo Domingo y a la Cofradía
del Nombre de Jesús surgió en mayo de 1593, cuando
siendo prior del convento fray Martín González, pretenden
que la Cofradía del Nombre de Jesús establecida
en la iglesia de San Sebastián se traslade al convento
de Santo Domingo.
Los argumentos esgrimidos por la comunidad de frailes
era que el origen y el principio de las cofradías del
Nombre de Jesús, sus privilegios y gracias fueron cedidos
y dados mediante la Orden del Señor Santo Domingo y por su contemplación para que dichas cofradías estén sitas y fundadas en los conventos de la Orden, para no perjudicar a lo dispuesto por la Bula de Su Santidad Pío V.
Las relaciones entre ambas partes estaban deterioradas
y arrastraban ya diferencias. Como dato curioso al respecto,
señalamos que en la Cuaresma de ese mismo año de 1593 estando los hermanos del Nombre de Jesús en Cabildo en la sacristía de la iglesia de San Sebastián, fueron allí algunos frailes dominicos a leer las gracias e indulgencias que ganarían si se
mudaban al convento. En este incidente ambas partes se levantaron la voz. De la sacristía salieron los
frailes mal parados y les dijeron cosas como estas:
“ a qué viene aquí un frailecillo con un librillo en la
mano “, “ vayanse bellacos e infames a su casa “, “
qué quieren estos burladores, piensan movernos destotra
parte del cielo con sus persuasiones “
Leyendo este pleito he observado cierta rivalidad de
los frailes con el clero secular, muchos de los cuales
formaban parte de la Hermandad del Nombre de Jesús.
Creo por tanto, que el intento de que radique la
cofradía en el convento era no sólo para las gracias y
privilegios, sino para reservar el derecho de predicación
y celebración de cultos con las consecuentes prestaciones
económicas.
Los testigos que aportan cada parte en sus diversas
declaraciones nos aclaran algo más de los orígenes de
la Hermandad y nos facilitan rica información sobre la
fundación y primeros años de andadura de la Cofradía.
Podemos observar que en 1593 la Hermandad tenía
una estructura suficientemente consolidada, y un
número importante de hermanos que se sienten depositarios
de la memoria histórica de la misma, y desde
luego, orgullosos de pertenecer a la corporación.
Este pleito es un documento importante de la
Hermandad porque constituye una fuente de su historia
.Gracias al pleito sabemos que a esta Cofradía se
la conocía popularmente como Cofradía de los niños
del Nombre de Jesús, porque la instituyeron unos
niños.
Animados por la fe un grupo de muchachos, algunos
de tan sólo siete u ocho años, salían al principio de casa
de una mujer que vivía en la calle San Sebastián, un
hijo suyo estudiante era el que administraba la incipiente
cofradía. En ambiente penitencial salían desde
esta casa con una cruz y una imagen pequeñita.
De la casa de esta beata pasaron a la casa de Juan
García, hijo de un porquero que vivía a la salida de la
villa.
Después vendrá un peregrinar por diversos templos,
hasta su emplazamiento en la iglesia de San Sebastián.
Sabemos, que antes estuvo algún tiempo en el Hospital
de la Misericordia y de allí al convento de San
Francisco, donde estuvo seis o siete años.
Según testimonios de los testigos tenemos noticia de
que la Hermandad poseía una Regla en pergamino que
se leía en los cabildos y estaba cosida a un libro grande
de entrada de hermanos.
No sabemos si esta primigenia Regla tenía confirmación
del ordinario, además se desconocía el paradero
de la misma, pues se extravió de manera accidental
cuando el mayordomo, Fernando de Avila, se fue
huyendo de Marchena por deudas y dejó pocos papeles
y bienes de la Cofradía.
Este proceso judicial ha permitido conocer los nombres
de algunos hermanos en los primeros años de existencia
de la Hermandad: Martín de Alcalá, Francisco
de torres, Miguel Baltasar de Angulo, Francisco de
Vega Brenes, Pedro Sánchez Arias, Juan García
Benjumea, Juan Núñez Santaella, Martín Alonso de
Benjumea, Baltasar Gutierrez, Fernando de Alcalá,
Juan de Herrera, Juan Martín Escalera.
De singular importancia es el testimonio de Juan
Núñez de Santaella, Presbítero, Rector de la Cofradía
del Nombre de Jesús, que en defensa de sus intereses
expone que no tiene fundamento la pretensión de la
parte contraria con querer que la Cofradía se traslade a
Santo Domingo, porque la cofradía se fundó hace
muchos años con licencia del ordinario y después de
fundada se confirmó
El Rector de la Hermandad expone también que en
1566, diez años después de que la cofradía estaba fundada,
el Doctor Cevadilla, habiendo precedido su confirmación
de provecho y utilidad, dio mandamiento
para que edificase capilla propia en San Sebastián y
que al presente tienen hecha a sus propias expensas a
las espaldas de la iglesia y ponen en ella al Santísimo
Sacramento.
También declara el Rector que la regla no la puede
exhibir por haberse perdido con otros muchos papeles
y así lo jura por Dios nuestro Señor.
Una vez acabadas las probanzas para las que compareció
suficiente número de testigos por ambas partes y cumplidos los plazos y los trámites; el provisor de la archidiócesis zanjó la
cuestión con un auto a favor de la cofradía del Nombre de Jesús.
Con fecha 9 de septiembre de 1593, el licenciado
Iñigo de Leciñana, provisor del arzobispado de Sevilla, falló los autos de este proceso y declaró que el motu proprio de Pío V no comprendía a la Hermandad del Nombre de Jesús y dio por libres a los cofrades de lo pedido por parte del convento de Santo Domingo.
En definitiva, encuentros y desencuentros entre la
cofradía y el convento, tensa relación entre los cofrades
y la comunidad, que tuvo sus más y sus menos.
A partir de un pleito entre dos instituciones se vislumbran
actitudes y mentalidades de personas. No se trata
de una cofradía impulsada por la comunidad de religiosos,
sino de una hermandad nacida de la devoción
popular y confirmada en una iglesia.
Podemos afirmar con rotundidad que las cofradías son
un vínculo de amistad con los hermanos y que el
mundo de las hermandades es una faceta esencial para
conocer la realidad social. Precisamente en nuestras
Hermandades y Cofradías encontramos el punto
común de la vivencia personal, familiar y parroquial
de la devoción. Ya que las cofradías ofrecen el marco
adecuado para que con sus campos de acción el cofrade
cumpla con la tradición, con la penitencia y el culto.
El pleito que hemos comentado puede suscribirse en
un contexto de relaciones sociales donde entra en
juego motivaciones de reafirmación de la pertenencia
a una Hermandad.
Es sorprendente el valor histórico de estos documentos.
Gracias a este pleito conocemos datos importantes
de la vida de la Hermandad penitencial del Dulce
Nombre de Jesús, una de las más antiguas de nuestra
localidad y con unas raíces de las que puede presumir.
Como cofrades no debemos olvidar que la historia se
escribe día a día, y en el continuo devenir de los acontecimientos.
Hoy como ayer la hermandad sale a la calle para proclamar su fe y proclamar a los cuatro
vientos que Dios existe.


miércoles, 13 de enero de 2016

Algo sobre la historia de S. Sebastian

Numerosos eran los soldados cristianos en los ejércitos imperiales al comenzar el siglo IV. Maximiano y Galerio, hostiles a su religión, aceptaban su presencia, lo mismo que Diocleciano y Constancio, que les favorecían. No se exigía de ellos ningún acto contrario a su fe; se les grababa en la frente el monograma del emperador y se les colgaba al cuello una medalla con su imagen; pero nada más. Y he aquí que, de repente, como dice el historiador Eusebio, mientras la situación de las iglesias permanecía incólume y los fieles guardaban completa libertad para reunirse, la persecución empieza a ensañarse de una manera insensible en las legiones.

Este primer amago de la persecución general venía de Galerio, el mayor enemigo que tenían los cristianos en el colegio imperial. Este labriego fanático de Dacia acababa de humillar al rey de los persas y de agregar cinco provincias al Imperio. Orgulloso con sus victorias, empezaba a ejercer sobre Diocleciano aquel dominio que hará del viejo emperador un juguete de sus feroces instintos. Del campamento de Galerio la persecución se extiende al de Maximiano Hércules, que reside entonces en Italia. Soldado de suerte, activo y enérgico. Maximiano era un hombre sin educación, libertino y sanguinario, avaro y despilfarrador a la vez. Derramar sangre era para él una diversión. Por cálculo y por temperamento, acogió con entusiasmo la actitud del César, que había llevado sus ejércitos hasta más allá del Eufrates.

Ahora bien; a su mismo lado, dentro del palacio, había un joven oficial, jefe de una de las cohortes pretorianas. Generoso y bizarro en su conducta, afable y cortés en las palabras y en el trato, tan abnegado respecto de sí mismo como solícito cuando se trataba de sus semejantes, reuniendo en su persona la nobleza hermanada con la sencillez, y la prudencia con la grandeza de alma, se había atraído la simpatía de cuantos le trataban, de cualquiera condición que fuesen. Nadie podía dudar de su lealtad al emperador, pero todo el mundo sabía que era cristiano. Sebastián no lo disimulaba. Entraba en los subterráneos de las Catacumbas, favorecía a sus correligionarios en la corte, huía, cuando le era posible, del coliseo y del anfiteatro, y en sus gestos, en sus palabras, en su vida, tenía una dignidad y una nobleza que no parecían propias de un soldado a quien sonreían una juventud lozana y un porvenir brillante. En el entusiasmo de su ideal religioso, aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para propagar la fe entre sus compañeros de armas. Era un apóstol, un propagandista, cuya palabra ardiente sostenía a los que vacilaban, llevaba la luz a los que caminaban en la duda, llenaba de valor a los que se preparaban para luchar. No había dejado de ver la tormenta que se avecinaba; pero, lejos de infundirle temor, aquello le enardecía más aún, y poco a poco sentía que la gracia del martirio iba madurando en su pecho.

Al fin vino la acusación temida y deseada a la vez. El joven oficial compareció delante del emperador. Maximiano, hombre tosco y sin educación ninguna, que apenas sabía expresarse en un latín decente, le habló con su lenguaje vulgar y soez. Las creencias religiosas de Sebastián equivalían para él a la más negra traición. Parecíale un milagro que un cristiano hubiera estado mandando a los hombres de su guardia y que él estuviese con vida. Conminóle a sacrificar, pero encontró una resuelta negativa. Ciego entonces de furor, llamó a los soldados de su cohorte, y allí mismo, en el parque, atado a un árbol, despojado de los distintivos de la milicia, mandó que le asaeteasen. Así se le ha imaginado la tradición popular a través de las edades cristianas; así le han representado los artistas en el lienzo y en el mármol. El grupo de arqueros bárbaros cubre sus miembros atléticos de una selva de flechas; manan arroyos de sangre de su carne despedazada; tiembla su cuerpo estremecido por el dolor, oprimido por los nudosos cordeles; sus ojos se clavan en el cielo suplicantes e indulgentes; sus labios sonríen en un gesto de acción de gracias, y su frente varonil, nimbada de un halo de luz, permanece erguida, aceptando la plenitud del sacrificio. Hasta que las fuerzas faltan, la vida se agota, y el rostro cae sobre el pecho, erizado de hierros punzantes. Los legionarios, vacías las aljabas, se retiran mascullando torpes canciones. Han cumplido su tarea...

Pero el emperador no puede olvidar al mancebo. El que antes velaba por su seguridad, ahora turba su reposo. ¿Por qué aquel hermoso rostro, lleno de claridad, sigue grabado en su imaginación? En su imaginación y en sus ojos. Una mañana, bajando la escalinata del palacio, oye que alguien pronuncia su nombre. No es una alucinación. Allá, en el fondo, se yergue la imagen que le obsesiona. Es Sebastián, el centurión. Si el rostro demacrado y pálido pudiera desorientar, le delata su actitud serena, la confianza de su mirada y las cicatrices que en sus brazos y en su pecho deja entrever la clámide.

—¿Quién eres tú, que te atreves a pronunciar mi nombre?—grita colérico el tirano.

—Un hombre que viene casi del reino de la muerte—dícele el redivivo... Y habla de justicia, de venganza, de misericordia, de perdón..., hasta que los maceros le derriban en tierra, anegado en un charco de sangre.

Si la vez primera manos piadosas le habían recogido casi exánime y curado sus heridas, ahora sus ojos se habían cerrado para siempre, y el alma recibía en el cielo la recompensa del doble martirio.


Hermandad

Ante la tarea que aparece ante nosotros y, por otra parte, al descubrir la grandeza de la misión de nuestra Hermandad en esta sociedad de increencia e indiferencia religiosa, podemos sentirnos desbordados e incapaces de llevarla adelante o nos puede parecer que eso no es para nosotros. Es normal tener miedo cuando somos conscientes de nuestros límites, y cuando nos sentimos impotentes ante los grandes problemas del mundo. Pero no podemos olvidar que es el Señor quien nos hace progresar "y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros" (1Tes 3,12).



- La finalidad de Nuestra Hermandad no puede verse al margen de la misión de la Iglesia: la evangelización. Considerarlo de otra manera es la forma más clara de dejar de ser lo que somos para convertirnos en defensores de unos intereses impropios de una cofradía, porque no serían los de Cristo y los de su Iglesia;



- Esta misión de las cofradías se concreta, sobre todo, en el incremento del culto público. Esto supone especialmente manifestar la adoración, alabanza y gloria de Dios, y exige como consecuencia necesaria el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Otro tipo de actividades son buenas, quizá también convenientes, pero no corresponden al ser propio de una cofradía;



- Para que esto pueda llevarse a cabo es necesaria la formación.



Unas observaciones previas:



En nuestra sociedad actual, las personas se encuentran ante el hecho religioso unos como agnósticos o ateos, quienes, evidentemente, no tienen ninguna actividad de tipo religioso; otros son personas creyentes y comprometidas en las tareas de la comunidad a la que pertenecen, dan testimonio de su fe en la propia vida, en el mundo y en los ambientes donde les ha tocado vivir. Y por fin, nos encontramos con otro grupo de personas que, sin tener grandes compromisos cristianos en la comunidad y en el mundo, viven una religiosidad de tipo popular y se dicen católicos. La razón fundamental es por tradición familiar o cultural.



Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con la siguiente realidad: Son cuantiosos los cristianos católicos.
Cierto que la mayoría no tiene compromiso alguno ni en la comunidad parroquial ni de forma permanente en la propia Hermandad; pero es igualmente cierto que muchos cofrades trabajan dentro de las comunidades parroquiales y movimientos en las distintas tareas de la pastoral (catequesis, liturgia, cáritas, consejos pastorales o de economía, etc.). A la vez las juntas de gobierno dedican muchas horas y esfuerzos a las tareas propias de su cofradía, dedicando también esfuerzo, trabajo y medios en obras de carácter social.






2. La misión de las cofradías es la misma misión de la Iglesia



¿Pero en qué consiste esa misión de la Iglesia realizada, también de las cofradías en comunión con los pastores? La respuesta la tenemos en la Exhortación apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi del papa Pablo VI en 1974: "La evangelización es la razón de ser de la Iglesia". Esta afirmación clara y contundente que hace el Papa Pablo VI es extensible a las cofradías de la Iglesia, que, como cualquier otra institución eclesial, existen para evangelizar.



La evangelización supone la renovación de la humanidad y de sectores de la humanidad, de las sociedades y de las culturas. En la tarea evangelizadora es de capital importancia el anuncio explícito de la Buena Nueva de Jesucristo y el testimonio personal y comunitario (EN, 17-14)



La evangelización es, hoy, la razón de ser de las cofradías como iglesia que son. Nos toca evangelizar en una sociedad de increencia e indiferencia religiosa. ¿Cómo anunciar a Jesucristo hoy y ahora?, ¿Cómo proponer el mensaje de salvación para que sea creíble en un mundo de increencia e indiferencia? ¿Cómo comunicarlo y cómo anunciarlo? ¿Qué puede aportar el cristianismo al mundo de hoy? ¿Cómo suscitar hoy la pregunta sobre Dios?



Todos los hombres y mujeres que forman parte de las cofradías tienen esta misión como cristianos laicos que están en la Iglesia y en el mundo. Hay que proponer de forma concreta a la sociedad donde está ubicada la cofradía, aquellos principios y acciones que ayuden a facilitar la tarea evangelizadora que como parte de la Iglesia tiene encomendada.



Sería, sin embargo, impensable que todo fuera realizable por las cofradías o por otro tipo de instituciones dentro de la Iglesia. Es labor de la Iglesia en su conjunto. Por ello hemos de caer en la cuenta que ningún organismo religioso puede ir por libre, atendiendo sólo a sus intereses particulares, sino que debe estar en relación, más aún, en comunión con el resto de la comunidad eclesial. De ahí la importancia que tiene la articulación de la actividad de las cofradías en el conjunto de la pastoral diocesana y parroquial.



Las cofradías tienen tres fundamentos que a su vez son las tres claves con las que pueden evangelizar dentro de la propia cofradía y en la comunidad donde tiene su sede: culto, caridad y formación.






3. El incremento del culto público



Las cofradías son asociaciones que se proponen como fin el incremento del culto público; es su característica propia y distintiva, como se recoge en los fines de todos los estatutos de las cofradías. El Código de Derecho Canónico de 1983 menciona el culto público, pero no da una definición del mismo, para ello tendremos que acudir a la que recogía el canon 1256 del Código de 1917 según el cuál "el culto se llama público si se tributa en nombre de la Iglesia por personas legítimamente constituidas al efecto y mediante actos que por institución de la Iglesia están reservados exclusivamente para honrar a Dios, a los santos y a los beatos; en caso contrario se denomina culto privado".



De esta definición de culto público se pueden extraer los tres elementos que lo constituyen:



- El culto es público porque se hace en nombre de la Iglesia; es decir, es una acción de la Iglesia toda, de la comunidad eclesial (no únicamente de la cofradía) y se hace por mandato de la autoridad jerárquica.
- Ha de hacerse por las personas a las que se les reconoce en derecho: clérigos, religiosos (especialmente los monjes en la recitación de la Liturgia de las Horas) y los laicos en las circunstancias que tienen reconocidas y su participación en los actos de culto de los anteriores.
- Este culto está realizado por institución de la Iglesia por medio de aquellos a los que está reservado y destinado exclusivamente a honrar a Dios, a la Santísima Virgen, a los santos y a los beatos.



Ese culto público se manifiesta no sólo en las funciones litúrgicas que se celebren en los templos, sino también en las procesiones que se realizan fuera de ellos. Es el caso concreto de las cofradías peniténciales o de Semana Santa, así como el de las cofradías patronales. En cualquier caso el culto tributado en y por las cofradías, como lugar y como sujeto del mismo, no puede ser realizado de cualquier manera.



Es liturgia y, por tanto como dice la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium en su n. 7: "Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Esto supone necesariamente una purificación de elementos espurios que se hayan ido colando a lo largo del tiempo, seguramente con la mejor intención del mundo; purificación que pasa por trabajo común de pastores y fieles y humildad de todos para someterse a la verdad contenida en los libros litúrgicos y en la razón rectamente formada. Esto nos lleva a no buscar extravagancias o lujos inmoderados, en enseres y en comportamientos, que, muchas veces, más que a la piedad mueven al escándalo.



El primer fundamento y clave de vuestra tarea evangelizadora es el incremento del culto cristiano. Dar culto a quienes las imágenes titulares representan. El primer paso para ello es tener una fuerte experiencia de Dios. Cuando nos planteamos la urgencia del anuncio de Cristo en nuestro mundo concreto, no podemos olvidar que el evangelizador, más que hacer, es. Lo más importante es "ser en Cristo". La novedad de Cristo debe irrumpir en nuestra vida, sólo así podremos anunciarlo. Anunciar a Cristo no es sólo hablar de él, es hacerlo ver. El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Al comienzo del nuevo milenio", nos decía: "nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro" (NMI 16). No se puede hablar de lo que no se conoce. Por eso es necesario que el evangelizador, el cofrade, para anunciar a Cristo, sea una persona de oración. Siendo testigos en el corazón de nuestra sociedad lograremos superar la separación entre la fe y la vida, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo que ya denunciaba el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes (n. 43). A veces tenemos el peligro de pensar que sabemos todo sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Virgen, por el mero hecho de pertenecer, desde siempre, a una cofradía. El cristianismo más que una doctrina es un encuentro con Cristo (Deus Caritas est, 1). Desde Él quedará transformada nuestra vida.






4. Su reflejo en la caridad



El segundo fundamento y clave para la evangelización en y por las cofradías lo encontramos en la ayuda mutua, en la solidaridad, en la caridad con los hermanos y con los más pobres del mundo. No bastan las imágenes, no bastan los buenos programas de formación, no bastan las catequesis que hacemos por la calles con nuestras procesiones. Todo quedaría en palabras y en hechos vacíos de contenidos que a nadie convencerían. No es admisible un culto separado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una oración apartada del compromiso cotidiano, una fe sin obras.



En las cofradías han estado siempre presentes e íntimamente unidos el incremento del culto público, de un lado, y, por otro, la ayuda mutua entre los hermanos y la práctica de la caridad con los más necesitados.



Hemos de ver aquí la íntima relación que existe entre culto y caridad. En la nueva ley el verdadero culto es la ofrenda del corazón y de la propia vida y que tiene como manifestación más excelente en el culto litúrgico, especialmente en la Santísima Eucaristía. Culto que hay que mimar dándole la mayor dignidad posible, pero que exige por su propia dinámica que nadie se sienta excluido o escandalizado por un derroche que nada tiene de evangélico.



La caridad no es pasividad: no se trata de no realizar algo que está mal, sino que la caridad ha de tener un carácter activo, como históricamente las cofradías entendieron y que sigue presente en muchas actuales: es el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Evidentemente las circunstancias no son las mismas que las de siglos anteriores; hoy las instituciones públicas cumplen muchos de los cometidos que en tiempos pretéritos realizaban las cofradías, pero el hombre sigue siendo débil y necesitando la ayuda de los demás. ¿Cómo pueden manifestar las cofradías la solicitud de Dios para con sus hijos? Una primera respuesta parece fácil: con dinero; muchas de vuestras asociaciones lo hacen, bien directamente por medio de instituciones propias, bien de modo indirecto colaborando con otras instituciones. La segunda quizá más difícil y que además entraría en el sentido de esa pastoral de conjunto de la que hablaba al principio: una cofradía inserta territorialmente en la circunscripción de una parroquia ¿no podría designar a alguno de sus miembros en las tareas caritativas de ésta (cáritas, visitadores de enfermos,...)?






5. La necesaria formación



Y, finamente, el tercer fundamento y clave para la evangelización de las cofradías lo encontramos en la "formación". Como es sabido este el objetivo de la Programación pastoral diocesana del presente curso pastoral 2009-2010. Todas las cofradías deben tener en sus actividades un tiempo para la formación interna de cada uno de los hermanos. Hay que programar momentos para tal fin, teniendo en cuenta las líneas que nos proponen los planes pastorales diocesanos.



La formación, para vivir en cristiano desde la opción cofrade, no es una mera información de doctrina. Se trata de hacer realidad la unión entre la fe y la vida. Lo que realmente convence al mundo no son nuestras palabras sino nuestros hechos de vida. Tenemos el derecho y el deber de la formación, de una formación humana y cristiana, que tenga en cuenta todas las dimensiones de la persona y toque los campos de su misión evangelizadora, que despierte a la responsabilidad social y que favorezca el crecimiento de la vida espiritual y cofrade.



La formación ha de ayudar a los cofrades, en primer lugar, a crecer y madurar como cristianos. Por ello ha de propiciar el encuentro con el Dios vivo, que nos ha revelado en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y de su verdad; es decir, ha de llevar al encuentro personal con el Señor Resucitado, que suscita el deseo de crecer en el conocimiento, en la comprensión y en el amor de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes se encuentran con Él se ven impulsados por la fuerza de la gracia y del Evangelio a llevar una vida marcada por el seguimiento del Señor y una vida de testimonio cristiano, alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos del Señor, la Iglesia.



La formación cristiana implica, en segundo lugar, conocer la doctrina y de la moral de la Iglesia. Esto es sumamente necesario y especialmente urgente, pues constatamos que muchos de nuestros cristianos desconocen las verdades más elementales de la fe y de la moral de la Iglesia. Y sin ello nadie podrá darse ni dar razones de su fe ni de su esperanza, máxime en un mundo descristianizado.



Encuentro vivificante y transformador con el Señor, conocimiento de Él y de sus enseñanzas en la tradición viva de la Iglesia, y testimonio en la Iglesia y en el mundo son fines inseparables de la formación cristiana. Formarse en cristiano es dejarse formar, transformar y renovar por el Señor, por su Palabra y por sus Sacramentos hasta llegar a ser hombres nuevos, con un nuevo modo de pensar, querer, sentir, actuar y existir; y éste no es otro sino el del Cristo y de su Evangelio. Sólo seremos ‘hombres nuevos', como dice San Pablo, si nos dejamos conquistar, formar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo.



Se hace urgente la necesidad de formar cristianos cofrades que puedan ser buenos dirigentes de las cofradías Nuestra sociedad necesita cristianos cofrades maduros, responsables, preparados, despiertos, atentos, críticos en su encuentro con la sociedad, capaces de amar y de entregarse, para que puedan responder a las exigencias de vocación y misión evangelizadora en el mundo que les ha tocado vivir. Hombres y mujeres que sepan ser dialogantes, animadores entusiastas, misericordiosos, que sepan comprender y perdonar, y que sepan colaborar con las orientaciones que marca la Iglesia.






Nuestra Hermandad necesita ser creíble como aquellas primeras comunidades de cristianos cuyo distintivo era sólo el amor que se tenían unos a otros. Podemos pensar que todo esto son palabras utópicas, casi un sueño irrealizable.



Abrámonos a las palabras de la Sagrada Escritura: "Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaré la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez 36, 26)



Que Santa María, la Virgen de la Piedad, nuestra Madre nos siga protegiendo en nuestro caminar.

XV verbena de S. Sebastian

Será su décimo quinta edición. La Hermandad del Dulce Nombre de Jesús viene canalizando
las inquietudes de los habitantes del barrio, en cuanto a que se revitalice el día de Nuestro
Santo Patrón y se le dote del esplendor que se merece. No se desea que pase desapercibido,
ni desde el punto de vista litúrgico ni tampoco lúdico. Sabemos que ambos aspectos deben
coexistir en tanto que nuestra idiosincrasia admite ambos límites.
La experiencia de años anteriores nos ha demostrado que el conjunto de actividades
diseñadas, en unión con nuestra parroquia, ha sido efectiva. La ciudadanía Marchenera ha
depositado su confianza en nosotros y eso nos estimula a continuar esta obra por y para
nuestros conciudadanos.
Estos quince años han constituido una plataforma idónea para el análisis coherente y dinámico
de estudio de detección de necesidades. La diversidad en aspectos de Liturgia y Ocio son los
elementos claves que justifican el éxito.
En cuanto a poner en marcha una dinámica de esta envergadura, inevitablemente se hace
necesario el ‘arranque de motores’ que inyecte la suficiente sostenibilidad económica. De
todos es sabido que los recursos endógenos de una Hermandad de ámbito rural, no son lo
suficiente y el aporte exógeno por tanto se hace fundamental.
A última instancia dejar constancia que la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús es un
agente diversificador con respecto a los resultados obtenidos, puesto que refuerza sus obras
asistenciales tanto para sus conciudadanos como para sí misma.

miércoles, 30 de diciembre de 2015


Año Jubilar de la Misericordia

El Papa Francisco ha convocado un año Jubilar de la Misericordia , y ha recomendado durante ese tiempo realizar las obras de misericordia pero, ¿qué son y cuáles son?

“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado." Papa Francisco.
1.             ¿Qué son las obras de misericordia?
Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.
Contemplar el misterio 
Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. 
Papa Francisco-
La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso. Así glosa la caridad San Pablo en su canto a esa virtud: la caridad es sufrida, bienhechora; la caridad no tiene envidia, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se huelga de la injusticia, se complace en la verdad; a todo se acomoda, cree en todo, todo lo espera y lo soporta todo. 

No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir; o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con toda la dignidad de ese título maravilloso.
Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que no se nota. Este es el bonus odor Christi, el que hacía decir a los que vivían entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman! 
2. ¿Cuáles son las obras de misericordia?
Hay catorce obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales.
Obras de misericordia corporales: 
1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos
Obras de misericordia espirituales: 
1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.
Las obras de misericordia corporales, en su mayoría salen de una lista hecha por el Señor en su descripción del Juicio Final. 
La lista de las obras de misericordia espirituales la ha tomado la Iglesia de otros textos que están a lo largo de la Biblia y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc.
3. ¿Cuál es el efecto de las obras de misericordia en quien las practica?
El ejercicio de la obras de misericordia comunica gracias a quien las ejerce. En el evangelio de Lucas Jesús dice: “Dad, y se os dará". Por tanto, con las obras de misericordia hacemos la Voluntad de Dios, damos algo nuestro a los demás y el Señor nos promete que nos dará también a nosotros lo que necesitemos.
Por otro lado, una manera de ir borrando la pena que queda en el alma por nuestros pecados ya perdonados es mediante obras buenas. Obras buenas son, por supuesto, las Obras de Misericordia. “Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia" (Mt.5, 7), es una de las Bienaventuranzas.
Además las Obras de Misericordia nos van ayudando a avanzar en el camino al Cielo, porque nos van haciendo parecidos a Jesús, nuestro modelo, que nos enseñó cómo debe ser nuestra actitud hacia los demás. “En Mateo, se recogen las siguientes palabras de Cristo: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón". Al seguir esta enseñanza del Señor cambiamos los bienes temporales por los eternos, que son los que valen de verdad.
Contemplar el misterio
Piensa primero en los demás. Así pasarás por la tierra, con errores sí —que son inevitables—, pero dejando un rastro de bien.
Y cuando llegue la hora de la muerte, que vendrá inexorable, la acogerás con gozo, como Cristo, porque como El también resucitaremos para recibir el premio de su Amor. 

Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás. Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas.
Dar la vida por los demás. Sólo así se vive la vida de Jesucristo y nos hacemos una misma cosa con El. 

Las obras de misericordia corporales: breve explicación
San Mateo recoge la narración del Juicio Final (Mt 25,31-16): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber, era forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y fuisteis a verme'. Los justos le contestarán entonces: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos ver?'. Y el rey les dirá:'Os aseguro que, cuando lo hicisteis con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: 'Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me disteis de comer, sediento y no me disteis de beber, era forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y encarcelado y no me visitasteis. Entonces ellos le responderán: 'Señor ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?' Y él les replicará: 'Os aseguro que, cuando no lo hicisteis con uno de aquellos más insignificante, tampoco lo hicisteis conmigo'. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna.
1) Dar de comer al hambriento y 2) dar de beber al sediento.
Estas dos primeras se complementan y se refieren a la ayuda que debemos procurar en alimento y otros bienes a los más necesitados, a aquellos que no tienen lo indispensable para poder comer cada día. 
Jesús, según recoge el evangelio de san Lucas recomienda: «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11).
3) Dar posada al peregrino.
En la antigüedad el dar posada a los viajeros era un asunto de vida o muerte, por lo complicado y arriesgado de las travesías. No es el caso hoy en día. Pero, aún así, podría tocarnos recibir a alguien en nuestra casa, no por pura hospitalidad de amistad o familia, sino por alguna verdadera necesidad.
4) Vestir al desnudo. 
Esta obra de misericordia se dirige a paliar otra necesidad básica: el vestido. Muchas veces, se nos facilita con las recogidas de ropa que se hacen en Parroquias y otros centros. A la hora de entregar nuestra ropa es bueno pensar que podemos dar de lo que nos sobra o ya no nos sirve, pero también podemos dar de lo que aún es útil. 
En la carta de Santiago se nos anima a ser generosos: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16).
5) Visitar al enfermo
Se trata de una verdadera atención a los enfermos y ancianos, tanto en el aspecto físico, como en hacerles un rato de compañía. 
El mejor ejemplo de la Sagrada Escritura es el de la Parábola del Buen Samaritano, que curó al herido y, al no poder continuar ocupándose directamente, confió los cuidados que necesitaba a otro a quien le ofreció pagarle. (ver Lc. 10, 30-37).
6) Visitar a los encarcelados 
Consiste en visitar a los presos y prestarles no sólo ayuda material sino una asistencia espiritual que les sirva para mejorar como personas, enmendarse, aprender a desarrollar un trabajo que les pueda ser útil cuando terminen el tiempo asignado por la justicia, etc.
Significa también rescatar a los inocentes y secuestrados. En la antigüedad los cristianos pagaban para liberar esclavos o se cambiaban por prisioneros inocentes.
7) Enterrar a los difuntos 
Cristo no tenía lugar sobre el que reposar. Un amigo, José de Arimatea, le cedió su tumba. Pero no sólo eso, sino que tuvo valor para presentarse ante Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. También participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Jn. 19, 38-42)
Enterrar a los muertos parece un mandato superfluo, porque –de hecho- todos son enterrados. Pero, por ejemplo, en tiempo de guerra, puede ser un mandato muy exigente. ¿Por qué es importante dar digna sepultura al cuerpo humano? Por que el cuerpo humano ha sido alojamiento del Espíritu Santo. Somos “templos del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19).
Contemplar el misterio
Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón.
Quizá penséis ahora que a veces los cristianos —no los otros: tú y yo— nos olvidamos de las aplicaciones más elementales de ese deber. Quizá penséis en tantas injusticias que no se remedian, en los abusos que no son corregidos, en situaciones de discriminación que se trasmiten de una generación a otra, sin que se ponga en camino una solución desde la raíz.
No puedo, ni tengo por qué, proponeros la forma concreta de resolver esos problemas. Pero, como sacerdote de Cristo, es deber mío recordaros lo que la Escritura Santa dice. Meditad en la escena del juicio, que el mismo Jesús ha descrito: apartaos de mí, malditos, e id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; desnudo, y no me cubristeis; enfermo y encarcelado, y no me visitasteis.
Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo. Los cristianos —conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo—, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres. 

¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos...
—¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo! 

El amor es lo que da sentido al sacrificio. Toda madre sabe bien qué es sacrificarse por sus hijos: no está sólo en concederles unas horas, sino en gastar en su beneficio toda la vida. Vivir pensando en los demás, usar de las cosas de tal manera que haya algo que ofrecer a los otros: todo eso son dimensiones de la pobreza, que garantizan el desprendimiento efectivo.
Las obras de misericordia espirituales: breve explicación
1) Enseñar al que no sabe
Consiste en enseñar al ignorante en cualquier materia: también sobre temas religiosos. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente. 
Como dice el libro de Daniel, "los que enseñan la justicia a la multitud, brillarán como las estrellas a perpetua eternidad" (Dan. 12, 3b).
2) Dar buen consejo al que lo necesita
Uno de los dones del espíritu Santo es el don de consejo. Por ello, quien pretenda dar un buen consejo debe, primeramente, estar en sintonía con Dios, ya que no se trata de dar opiniones personales, sino de aconsejar bien al necesitado de guía.
3) Corregir al que se equivoca
Esta obra de misericordia se refiere sobre todo al pecado. De hecho, otra manera de formular esta obra es: Corregir al pecador.
La corrección fraterna es explicada por el mismo Jesús en el evangelio de Mateo: “"Si tu hermano peca, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano". (Mt. 19, 15-17) 
Debemos corregir a nuestro prójimo con mansedumbre y humildad. Muchas veces será difícil hacerlo pero, en esos momentos, podemos acordarnos de los que dice el apóstol Santiago al final de su carta: “el que endereza a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte y consigue el perdón de muchos pecados"(St. 5, 20).
4) Perdonar las injurias
En el Padrenuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden""y el mismo Señor aclara: “si perdonáis las ofensas de los hombres, también el Padre Celestial os perdonará. En cambio, si no perdonáis las ofensas de los hombres, tampoco el Padre os perdonará a vosotros (Mt. 6, 14-15).
Perdonar las ofensas significa superar la venganza y el resentimiento. Significa tratar amablemente a quien nos ha ofendido. 
El mejor ejemplo de perdón en el Antiguo Testamento es el de José, que perdonó a sus hermanos el que hubieran tratado de matarlo y luego venderlo. “" Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Dios delante de vosotros" (Gen. 45, 5).
Y el mayor perdón del Nuevo Testamento es el de Cristo en la Cruz, que nos enseña que debemos perdonar todo y siempre: “"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". (Lc. 23, 34).
5) Consolar al triste
El consuelo para el triste, para el que sufre alguna dificultad, es otra obra de misericordia espiritual. 
Muchas veces, se complementará con dar un buen consejo, que ayude a superar esas situación de dolor o tristeza. Acompañar a nuestros hermanos en todos los momentos, pero sobre todo en los más difíciles, es poner en práctica el comportamiento de Jesús que se compadecía del dolor ajeno. Un ejemplo viene recogido en el evangelio de Lucas. Se trata de la resurrección del hijo de la viuda de Naím: “Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Joven, a ti te digo: Levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre."
6) Sufrir con paciencia los defectos de los demás
La paciencia ante los defectos ajenos es virtud y es una obra de misericordia.
Sin embargo, hay un consejo muy útil: cuando el soportar esos defectos causa más daño que bien, con mucha caridad y suavidad, debe hacerse la advertencia.
7) Orar por vivos y difuntos
San Pablo recomienda orar por todos, sin distinción, también por gobernantes y personas de responsabilidad, pues “El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". (ver 1 Tim 2, 2-3).
Los difuntos que están en el Purgatorio dependen de nuestras oraciones. Es una buena obra rezar por éstos para que sean libres de sus pecados. (ver 2 Mac. 12, 46).
El papa Francisco pide a todos los cristianos y a las personas de buena voluntad que recen especialmente por los cristianos perseguidos. Podemos examinar cómo secundamos este deseo del Papa, para que nuestros hermanos en la fe, sientan el consuelo de nuestra oración.

Contemplar el misterio
Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre, encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades de los demás: se compadece de la viuda de Naím, llora por la muerte de Lázaro, se preocupa de las multitudes que le siguen y que no tienen qué comer, se compadece también sobre todo de los pecadores, de los que caminan por el mundo sin conocer la luz ni la verdad: desembarcando vio Jesús una gran muchedumbre, y enterneciéndose con tal vista las entrañas, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a instruirlos en muchas cosas.
Cuando somos de verdad hijos de María comprendemos esa actitud del Señor, de modo que se agranda nuestro corazón y tenemos entrañas de misericordia. Nos duelen entonces los sufrimientos, las miserias, las equivocaciones, la soledad, la angustia, el dolor de los otros hombres nuestros hermanos. Y sentimos la urgencia de ayudarles en sus necesidades, y de hablarles de Dios para que sepan tratarle como hijos y puedan conocer las delicadezas maternales de María.

Que nuestra vida acompañe las vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano.