Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”
lunes, 12 de diciembre de 2016
lunes, 1 de febrero de 2016
Algo de historia de nuestra Hermandad.
El presente de una Hermandad se mira en el espejo de
su historia. Historia llena de avatares que va formando
la mentalidad, vida e ilusiones de sus hermanos
Hoy, en este artículo, nos asomamos a la divulgación
del pasado, dando a conocer aspectos sobre la vida
religiosa de Marchena a finales del siglo XVI, y concretamente,
el Pleito que en el año 1593 enfrentó al
prior y convento de San Pedro Mártir con la Cofradía
del Nombre de Jesús.
Documentos que a través de su expediente nos revela
información sobre el desarrollo histórico de la
Hermandad del Dulce Nombre, así como las peculiaridades
y aspectos fundamentales de esta asociación
laica de fieles y organización interna. Documentos
custodiados en el Archivo General del Arzobispado de
Sevilla que nos dan hasta ahora las noticias más exactas
de la fundación de la Hermandad.
El contencioso que enfrentó al convento de San Pedro
Mártir de la Orden de Santo Domingo y a la Cofradía
del Nombre de Jesús surgió en mayo de 1593, cuando
siendo prior del convento fray Martín González, pretenden
que la Cofradía del Nombre de Jesús establecida
en la iglesia de San Sebastián se traslade al convento
de Santo Domingo.
Los argumentos esgrimidos por la comunidad de frailes
era que el origen y el principio de las cofradías del
Nombre de Jesús, sus privilegios y gracias fueron cedidos
y dados mediante la Orden del Señor Santo Domingo y por su contemplación para que dichas cofradías estén sitas y fundadas en los conventos de la Orden, para no perjudicar a lo dispuesto por la Bula de Su Santidad Pío V.
Las relaciones entre ambas partes estaban deterioradas
y arrastraban ya diferencias. Como dato curioso al respecto,
señalamos que en la Cuaresma de ese mismo año de 1593 estando los hermanos del Nombre de Jesús en Cabildo en la sacristía de la iglesia de San Sebastián, fueron allí algunos frailes dominicos a leer las gracias e indulgencias que ganarían si se
mudaban al convento. En este incidente ambas partes se levantaron la voz. De la sacristía salieron los
frailes mal parados y les dijeron cosas como estas:
“ a qué viene aquí un frailecillo con un librillo en la
mano “, “ vayanse bellacos e infames a su casa “, “
qué quieren estos burladores, piensan movernos destotra
parte del cielo con sus persuasiones “
Leyendo este pleito he observado cierta rivalidad de
los frailes con el clero secular, muchos de los cuales
formaban parte de la Hermandad del Nombre de Jesús.
Creo por tanto, que el intento de que radique la
cofradía en el convento era no sólo para las gracias y
privilegios, sino para reservar el derecho de predicación
y celebración de cultos con las consecuentes prestaciones
económicas.
Los testigos que aportan cada parte en sus diversas
declaraciones nos aclaran algo más de los orígenes de
la Hermandad y nos facilitan rica información sobre la
fundación y primeros años de andadura de la Cofradía.
Podemos observar que en 1593 la Hermandad tenía
una estructura suficientemente consolidada, y un
número importante de hermanos que se sienten depositarios
de la memoria histórica de la misma, y desde
luego, orgullosos de pertenecer a la corporación.
Este pleito es un documento importante de la
Hermandad porque constituye una fuente de su historia
.Gracias al pleito sabemos que a esta Cofradía se
la conocía popularmente como Cofradía de los niños
del Nombre de Jesús, porque la instituyeron unos
niños.
Animados por la fe un grupo de muchachos, algunos
de tan sólo siete u ocho años, salían al principio de casa
de una mujer que vivía en la calle San Sebastián, un
hijo suyo estudiante era el que administraba la incipiente
cofradía. En ambiente penitencial salían desde
esta casa con una cruz y una imagen pequeñita.
De la casa de esta beata pasaron a la casa de Juan
García, hijo de un porquero que vivía a la salida de la
villa.
Después vendrá un peregrinar por diversos templos,
hasta su emplazamiento en la iglesia de San Sebastián.
Sabemos, que antes estuvo algún tiempo en el Hospital
de la Misericordia y de allí al convento de San
Francisco, donde estuvo seis o siete años.
Según testimonios de los testigos tenemos noticia de
que la Hermandad poseía una Regla en pergamino que
se leía en los cabildos y estaba cosida a un libro grande
de entrada de hermanos.
No sabemos si esta primigenia Regla tenía confirmación
del ordinario, además se desconocía el paradero
de la misma, pues se extravió de manera accidental
cuando el mayordomo, Fernando de Avila, se fue
huyendo de Marchena por deudas y dejó pocos papeles
y bienes de la Cofradía.
Este proceso judicial ha permitido conocer los nombres
de algunos hermanos en los primeros años de existencia
de la Hermandad: Martín de Alcalá, Francisco
de torres, Miguel Baltasar de Angulo, Francisco de
Vega Brenes, Pedro Sánchez Arias, Juan García
Benjumea, Juan Núñez Santaella, Martín Alonso de
Benjumea, Baltasar Gutierrez, Fernando de Alcalá,
Juan de Herrera, Juan Martín Escalera.
De singular importancia es el testimonio de Juan
Núñez de Santaella, Presbítero, Rector de la Cofradía
del Nombre de Jesús, que en defensa de sus intereses
expone que no tiene fundamento la pretensión de la
parte contraria con querer que la Cofradía se traslade a
Santo Domingo, porque la cofradía se fundó hace
muchos años con licencia del ordinario y después de
fundada se confirmó
El Rector de la Hermandad expone también que en
1566, diez años después de que la cofradía estaba fundada,
el Doctor Cevadilla, habiendo precedido su confirmación
de provecho y utilidad, dio mandamiento
para que edificase capilla propia en San Sebastián y
que al presente tienen hecha a sus propias expensas a
las espaldas de la iglesia y ponen en ella al Santísimo
Sacramento.
También declara el Rector que la regla no la puede
exhibir por haberse perdido con otros muchos papeles
y así lo jura por Dios nuestro Señor.
Una vez acabadas las probanzas para las que compareció
suficiente número de testigos por ambas partes y cumplidos los plazos y los trámites; el provisor de la archidiócesis zanjó la
cuestión con un auto a favor de la cofradía del Nombre de Jesús.
Con fecha 9 de septiembre de 1593, el licenciado
Iñigo de Leciñana, provisor del arzobispado de Sevilla, falló los autos de este proceso y declaró que el motu proprio de Pío V no comprendía a la Hermandad del Nombre de Jesús y dio por libres a los cofrades de lo pedido por parte del convento de Santo Domingo.
En definitiva, encuentros y desencuentros entre la
cofradía y el convento, tensa relación entre los cofrades
y la comunidad, que tuvo sus más y sus menos.
A partir de un pleito entre dos instituciones se vislumbran
actitudes y mentalidades de personas. No se trata
de una cofradía impulsada por la comunidad de religiosos,
sino de una hermandad nacida de la devoción
popular y confirmada en una iglesia.
Podemos afirmar con rotundidad que las cofradías son
un vínculo de amistad con los hermanos y que el
mundo de las hermandades es una faceta esencial para
conocer la realidad social. Precisamente en nuestras
Hermandades y Cofradías encontramos el punto
común de la vivencia personal, familiar y parroquial
de la devoción. Ya que las cofradías ofrecen el marco
adecuado para que con sus campos de acción el cofrade
cumpla con la tradición, con la penitencia y el culto.
El pleito que hemos comentado puede suscribirse en
un contexto de relaciones sociales donde entra en
juego motivaciones de reafirmación de la pertenencia
a una Hermandad.
Es sorprendente el valor histórico de estos documentos.
Gracias a este pleito conocemos datos importantes
de la vida de la Hermandad penitencial del Dulce
Nombre de Jesús, una de las más antiguas de nuestra
localidad y con unas raíces de las que puede presumir.
Como cofrades no debemos olvidar que la historia se
escribe día a día, y en el continuo devenir de los acontecimientos.
Hoy como ayer la hermandad sale a la calle para proclamar su fe y proclamar a los cuatro
vientos que Dios existe.
miércoles, 13 de enero de 2016
Algo sobre la historia de S. Sebastian
Numerosos eran los soldados cristianos en los ejércitos imperiales al comenzar el siglo IV. Maximiano y Galerio, hostiles a su religión, aceptaban su presencia, lo mismo que Diocleciano y Constancio, que les favorecían. No se exigía de ellos ningún acto contrario a su fe; se les grababa en la frente el monograma del emperador y se les colgaba al cuello una medalla con su imagen; pero nada más. Y he aquí que, de repente, como dice el historiador Eusebio, mientras la situación de las iglesias permanecía incólume y los fieles guardaban completa libertad para reunirse, la persecución empieza a ensañarse de una manera insensible en las legiones.
Este primer amago de la persecución general venía de Galerio, el mayor enemigo que tenían los cristianos en el colegio imperial. Este labriego fanático de Dacia acababa de humillar al rey de los persas y de agregar cinco provincias al Imperio. Orgulloso con sus victorias, empezaba a ejercer sobre Diocleciano aquel dominio que hará del viejo emperador un juguete de sus feroces instintos. Del campamento de Galerio la persecución se extiende al de Maximiano Hércules, que reside entonces en Italia. Soldado de suerte, activo y enérgico. Maximiano era un hombre sin educación, libertino y sanguinario, avaro y despilfarrador a la vez. Derramar sangre era para él una diversión. Por cálculo y por temperamento, acogió con entusiasmo la actitud del César, que había llevado sus ejércitos hasta más allá del Eufrates.
Ahora bien; a su mismo lado, dentro del palacio, había un joven oficial, jefe de una de las cohortes pretorianas. Generoso y bizarro en su conducta, afable y cortés en las palabras y en el trato, tan abnegado respecto de sí mismo como solícito cuando se trataba de sus semejantes, reuniendo en su persona la nobleza hermanada con la sencillez, y la prudencia con la grandeza de alma, se había atraído la simpatía de cuantos le trataban, de cualquiera condición que fuesen. Nadie podía dudar de su lealtad al emperador, pero todo el mundo sabía que era cristiano. Sebastián no lo disimulaba. Entraba en los subterráneos de las Catacumbas, favorecía a sus correligionarios en la corte, huía, cuando le era posible, del coliseo y del anfiteatro, y en sus gestos, en sus palabras, en su vida, tenía una dignidad y una nobleza que no parecían propias de un soldado a quien sonreían una juventud lozana y un porvenir brillante. En el entusiasmo de su ideal religioso, aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para propagar la fe entre sus compañeros de armas. Era un apóstol, un propagandista, cuya palabra ardiente sostenía a los que vacilaban, llevaba la luz a los que caminaban en la duda, llenaba de valor a los que se preparaban para luchar. No había dejado de ver la tormenta que se avecinaba; pero, lejos de infundirle temor, aquello le enardecía más aún, y poco a poco sentía que la gracia del martirio iba madurando en su pecho.
Al fin vino la acusación temida y deseada a la vez. El joven oficial compareció delante del emperador. Maximiano, hombre tosco y sin educación ninguna, que apenas sabía expresarse en un latín decente, le habló con su lenguaje vulgar y soez. Las creencias religiosas de Sebastián equivalían para él a la más negra traición. Parecíale un milagro que un cristiano hubiera estado mandando a los hombres de su guardia y que él estuviese con vida. Conminóle a sacrificar, pero encontró una resuelta negativa. Ciego entonces de furor, llamó a los soldados de su cohorte, y allí mismo, en el parque, atado a un árbol, despojado de los distintivos de la milicia, mandó que le asaeteasen. Así se le ha imaginado la tradición popular a través de las edades cristianas; así le han representado los artistas en el lienzo y en el mármol. El grupo de arqueros bárbaros cubre sus miembros atléticos de una selva de flechas; manan arroyos de sangre de su carne despedazada; tiembla su cuerpo estremecido por el dolor, oprimido por los nudosos cordeles; sus ojos se clavan en el cielo suplicantes e indulgentes; sus labios sonríen en un gesto de acción de gracias, y su frente varonil, nimbada de un halo de luz, permanece erguida, aceptando la plenitud del sacrificio. Hasta que las fuerzas faltan, la vida se agota, y el rostro cae sobre el pecho, erizado de hierros punzantes. Los legionarios, vacías las aljabas, se retiran mascullando torpes canciones. Han cumplido su tarea...
Pero el emperador no puede olvidar al mancebo. El que antes velaba por su seguridad, ahora turba su reposo. ¿Por qué aquel hermoso rostro, lleno de claridad, sigue grabado en su imaginación? En su imaginación y en sus ojos. Una mañana, bajando la escalinata del palacio, oye que alguien pronuncia su nombre. No es una alucinación. Allá, en el fondo, se yergue la imagen que le obsesiona. Es Sebastián, el centurión. Si el rostro demacrado y pálido pudiera desorientar, le delata su actitud serena, la confianza de su mirada y las cicatrices que en sus brazos y en su pecho deja entrever la clámide.
—¿Quién eres tú, que te atreves a pronunciar mi nombre?—grita colérico el tirano.
—Un hombre que viene casi del reino de la muerte—dícele el redivivo... Y habla de justicia, de venganza, de misericordia, de perdón..., hasta que los maceros le derriban en tierra, anegado en un charco de sangre.
Si la vez primera manos piadosas le habían recogido casi exánime y curado sus heridas, ahora sus ojos se habían cerrado para siempre, y el alma recibía en el cielo la recompensa del doble martirio.
Este primer amago de la persecución general venía de Galerio, el mayor enemigo que tenían los cristianos en el colegio imperial. Este labriego fanático de Dacia acababa de humillar al rey de los persas y de agregar cinco provincias al Imperio. Orgulloso con sus victorias, empezaba a ejercer sobre Diocleciano aquel dominio que hará del viejo emperador un juguete de sus feroces instintos. Del campamento de Galerio la persecución se extiende al de Maximiano Hércules, que reside entonces en Italia. Soldado de suerte, activo y enérgico. Maximiano era un hombre sin educación, libertino y sanguinario, avaro y despilfarrador a la vez. Derramar sangre era para él una diversión. Por cálculo y por temperamento, acogió con entusiasmo la actitud del César, que había llevado sus ejércitos hasta más allá del Eufrates.
Ahora bien; a su mismo lado, dentro del palacio, había un joven oficial, jefe de una de las cohortes pretorianas. Generoso y bizarro en su conducta, afable y cortés en las palabras y en el trato, tan abnegado respecto de sí mismo como solícito cuando se trataba de sus semejantes, reuniendo en su persona la nobleza hermanada con la sencillez, y la prudencia con la grandeza de alma, se había atraído la simpatía de cuantos le trataban, de cualquiera condición que fuesen. Nadie podía dudar de su lealtad al emperador, pero todo el mundo sabía que era cristiano. Sebastián no lo disimulaba. Entraba en los subterráneos de las Catacumbas, favorecía a sus correligionarios en la corte, huía, cuando le era posible, del coliseo y del anfiteatro, y en sus gestos, en sus palabras, en su vida, tenía una dignidad y una nobleza que no parecían propias de un soldado a quien sonreían una juventud lozana y un porvenir brillante. En el entusiasmo de su ideal religioso, aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para propagar la fe entre sus compañeros de armas. Era un apóstol, un propagandista, cuya palabra ardiente sostenía a los que vacilaban, llevaba la luz a los que caminaban en la duda, llenaba de valor a los que se preparaban para luchar. No había dejado de ver la tormenta que se avecinaba; pero, lejos de infundirle temor, aquello le enardecía más aún, y poco a poco sentía que la gracia del martirio iba madurando en su pecho.
Al fin vino la acusación temida y deseada a la vez. El joven oficial compareció delante del emperador. Maximiano, hombre tosco y sin educación ninguna, que apenas sabía expresarse en un latín decente, le habló con su lenguaje vulgar y soez. Las creencias religiosas de Sebastián equivalían para él a la más negra traición. Parecíale un milagro que un cristiano hubiera estado mandando a los hombres de su guardia y que él estuviese con vida. Conminóle a sacrificar, pero encontró una resuelta negativa. Ciego entonces de furor, llamó a los soldados de su cohorte, y allí mismo, en el parque, atado a un árbol, despojado de los distintivos de la milicia, mandó que le asaeteasen. Así se le ha imaginado la tradición popular a través de las edades cristianas; así le han representado los artistas en el lienzo y en el mármol. El grupo de arqueros bárbaros cubre sus miembros atléticos de una selva de flechas; manan arroyos de sangre de su carne despedazada; tiembla su cuerpo estremecido por el dolor, oprimido por los nudosos cordeles; sus ojos se clavan en el cielo suplicantes e indulgentes; sus labios sonríen en un gesto de acción de gracias, y su frente varonil, nimbada de un halo de luz, permanece erguida, aceptando la plenitud del sacrificio. Hasta que las fuerzas faltan, la vida se agota, y el rostro cae sobre el pecho, erizado de hierros punzantes. Los legionarios, vacías las aljabas, se retiran mascullando torpes canciones. Han cumplido su tarea...
Pero el emperador no puede olvidar al mancebo. El que antes velaba por su seguridad, ahora turba su reposo. ¿Por qué aquel hermoso rostro, lleno de claridad, sigue grabado en su imaginación? En su imaginación y en sus ojos. Una mañana, bajando la escalinata del palacio, oye que alguien pronuncia su nombre. No es una alucinación. Allá, en el fondo, se yergue la imagen que le obsesiona. Es Sebastián, el centurión. Si el rostro demacrado y pálido pudiera desorientar, le delata su actitud serena, la confianza de su mirada y las cicatrices que en sus brazos y en su pecho deja entrever la clámide.
—¿Quién eres tú, que te atreves a pronunciar mi nombre?—grita colérico el tirano.
—Un hombre que viene casi del reino de la muerte—dícele el redivivo... Y habla de justicia, de venganza, de misericordia, de perdón..., hasta que los maceros le derriban en tierra, anegado en un charco de sangre.
Si la vez primera manos piadosas le habían recogido casi exánime y curado sus heridas, ahora sus ojos se habían cerrado para siempre, y el alma recibía en el cielo la recompensa del doble martirio.
Hermandad
Ante la tarea que aparece ante nosotros y, por otra parte, al descubrir la grandeza de la misión de nuestra Hermandad en esta sociedad de increencia e indiferencia religiosa, podemos sentirnos desbordados e incapaces de llevarla adelante o nos puede parecer que eso no es para nosotros. Es normal tener miedo cuando somos conscientes de nuestros límites, y cuando nos sentimos impotentes ante los grandes problemas del mundo. Pero no podemos olvidar que es el Señor quien nos hace progresar "y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros" (1Tes 3,12).
- La finalidad de Nuestra Hermandad no puede verse al margen de la misión de la Iglesia: la evangelización. Considerarlo de otra manera es la forma más clara de dejar de ser lo que somos para convertirnos en defensores de unos intereses impropios de una cofradía, porque no serían los de Cristo y los de su Iglesia;
- Esta misión de las cofradías se concreta, sobre todo, en el incremento del culto público. Esto supone especialmente manifestar la adoración, alabanza y gloria de Dios, y exige como consecuencia necesaria el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Otro tipo de actividades son buenas, quizá también convenientes, pero no corresponden al ser propio de una cofradía;
- Para que esto pueda llevarse a cabo es necesaria la formación.
Unas observaciones previas:
En nuestra sociedad actual, las personas se encuentran ante el hecho religioso unos como agnósticos o ateos, quienes, evidentemente, no tienen ninguna actividad de tipo religioso; otros son personas creyentes y comprometidas en las tareas de la comunidad a la que pertenecen, dan testimonio de su fe en la propia vida, en el mundo y en los ambientes donde les ha tocado vivir. Y por fin, nos encontramos con otro grupo de personas que, sin tener grandes compromisos cristianos en la comunidad y en el mundo, viven una religiosidad de tipo popular y se dicen católicos. La razón fundamental es por tradición familiar o cultural.
Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con la siguiente realidad: Son cuantiosos los cristianos católicos.
Cierto que la mayoría no tiene compromiso alguno ni en la comunidad parroquial ni de forma permanente en la propia Hermandad; pero es igualmente cierto que muchos cofrades trabajan dentro de las comunidades parroquiales y movimientos en las distintas tareas de la pastoral (catequesis, liturgia, cáritas, consejos pastorales o de economía, etc.). A la vez las juntas de gobierno dedican muchas horas y esfuerzos a las tareas propias de su cofradía, dedicando también esfuerzo, trabajo y medios en obras de carácter social.
2. La misión de las cofradías es la misma misión de la Iglesia
¿Pero en qué consiste esa misión de la Iglesia realizada, también de las cofradías en comunión con los pastores? La respuesta la tenemos en la Exhortación apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi del papa Pablo VI en 1974: "La evangelización es la razón de ser de la Iglesia". Esta afirmación clara y contundente que hace el Papa Pablo VI es extensible a las cofradías de la Iglesia, que, como cualquier otra institución eclesial, existen para evangelizar.
La evangelización supone la renovación de la humanidad y de sectores de la humanidad, de las sociedades y de las culturas. En la tarea evangelizadora es de capital importancia el anuncio explícito de la Buena Nueva de Jesucristo y el testimonio personal y comunitario (EN, 17-14)
La evangelización es, hoy, la razón de ser de las cofradías como iglesia que son. Nos toca evangelizar en una sociedad de increencia e indiferencia religiosa. ¿Cómo anunciar a Jesucristo hoy y ahora?, ¿Cómo proponer el mensaje de salvación para que sea creíble en un mundo de increencia e indiferencia? ¿Cómo comunicarlo y cómo anunciarlo? ¿Qué puede aportar el cristianismo al mundo de hoy? ¿Cómo suscitar hoy la pregunta sobre Dios?
Todos los hombres y mujeres que forman parte de las cofradías tienen esta misión como cristianos laicos que están en la Iglesia y en el mundo. Hay que proponer de forma concreta a la sociedad donde está ubicada la cofradía, aquellos principios y acciones que ayuden a facilitar la tarea evangelizadora que como parte de la Iglesia tiene encomendada.
Sería, sin embargo, impensable que todo fuera realizable por las cofradías o por otro tipo de instituciones dentro de la Iglesia. Es labor de la Iglesia en su conjunto. Por ello hemos de caer en la cuenta que ningún organismo religioso puede ir por libre, atendiendo sólo a sus intereses particulares, sino que debe estar en relación, más aún, en comunión con el resto de la comunidad eclesial. De ahí la importancia que tiene la articulación de la actividad de las cofradías en el conjunto de la pastoral diocesana y parroquial.
Las cofradías tienen tres fundamentos que a su vez son las tres claves con las que pueden evangelizar dentro de la propia cofradía y en la comunidad donde tiene su sede: culto, caridad y formación.
3. El incremento del culto público
Las cofradías son asociaciones que se proponen como fin el incremento del culto público; es su característica propia y distintiva, como se recoge en los fines de todos los estatutos de las cofradías. El Código de Derecho Canónico de 1983 menciona el culto público, pero no da una definición del mismo, para ello tendremos que acudir a la que recogía el canon 1256 del Código de 1917 según el cuál "el culto se llama público si se tributa en nombre de la Iglesia por personas legítimamente constituidas al efecto y mediante actos que por institución de la Iglesia están reservados exclusivamente para honrar a Dios, a los santos y a los beatos; en caso contrario se denomina culto privado".
De esta definición de culto público se pueden extraer los tres elementos que lo constituyen:
- El culto es público porque se hace en nombre de la Iglesia; es decir, es una acción de la Iglesia toda, de la comunidad eclesial (no únicamente de la cofradía) y se hace por mandato de la autoridad jerárquica.
- Ha de hacerse por las personas a las que se les reconoce en derecho: clérigos, religiosos (especialmente los monjes en la recitación de la Liturgia de las Horas) y los laicos en las circunstancias que tienen reconocidas y su participación en los actos de culto de los anteriores.
- Este culto está realizado por institución de la Iglesia por medio de aquellos a los que está reservado y destinado exclusivamente a honrar a Dios, a la Santísima Virgen, a los santos y a los beatos.
Ese culto público se manifiesta no sólo en las funciones litúrgicas que se celebren en los templos, sino también en las procesiones que se realizan fuera de ellos. Es el caso concreto de las cofradías peniténciales o de Semana Santa, así como el de las cofradías patronales. En cualquier caso el culto tributado en y por las cofradías, como lugar y como sujeto del mismo, no puede ser realizado de cualquier manera.
Es liturgia y, por tanto como dice la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium en su n. 7: "Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Esto supone necesariamente una purificación de elementos espurios que se hayan ido colando a lo largo del tiempo, seguramente con la mejor intención del mundo; purificación que pasa por trabajo común de pastores y fieles y humildad de todos para someterse a la verdad contenida en los libros litúrgicos y en la razón rectamente formada. Esto nos lleva a no buscar extravagancias o lujos inmoderados, en enseres y en comportamientos, que, muchas veces, más que a la piedad mueven al escándalo.
El primer fundamento y clave de vuestra tarea evangelizadora es el incremento del culto cristiano. Dar culto a quienes las imágenes titulares representan. El primer paso para ello es tener una fuerte experiencia de Dios. Cuando nos planteamos la urgencia del anuncio de Cristo en nuestro mundo concreto, no podemos olvidar que el evangelizador, más que hacer, es. Lo más importante es "ser en Cristo". La novedad de Cristo debe irrumpir en nuestra vida, sólo así podremos anunciarlo. Anunciar a Cristo no es sólo hablar de él, es hacerlo ver. El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Al comienzo del nuevo milenio", nos decía: "nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro" (NMI 16). No se puede hablar de lo que no se conoce. Por eso es necesario que el evangelizador, el cofrade, para anunciar a Cristo, sea una persona de oración. Siendo testigos en el corazón de nuestra sociedad lograremos superar la separación entre la fe y la vida, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo que ya denunciaba el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes (n. 43). A veces tenemos el peligro de pensar que sabemos todo sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Virgen, por el mero hecho de pertenecer, desde siempre, a una cofradía. El cristianismo más que una doctrina es un encuentro con Cristo (Deus Caritas est, 1). Desde Él quedará transformada nuestra vida.
4. Su reflejo en la caridad
El segundo fundamento y clave para la evangelización en y por las cofradías lo encontramos en la ayuda mutua, en la solidaridad, en la caridad con los hermanos y con los más pobres del mundo. No bastan las imágenes, no bastan los buenos programas de formación, no bastan las catequesis que hacemos por la calles con nuestras procesiones. Todo quedaría en palabras y en hechos vacíos de contenidos que a nadie convencerían. No es admisible un culto separado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una oración apartada del compromiso cotidiano, una fe sin obras.
En las cofradías han estado siempre presentes e íntimamente unidos el incremento del culto público, de un lado, y, por otro, la ayuda mutua entre los hermanos y la práctica de la caridad con los más necesitados.
Hemos de ver aquí la íntima relación que existe entre culto y caridad. En la nueva ley el verdadero culto es la ofrenda del corazón y de la propia vida y que tiene como manifestación más excelente en el culto litúrgico, especialmente en la Santísima Eucaristía. Culto que hay que mimar dándole la mayor dignidad posible, pero que exige por su propia dinámica que nadie se sienta excluido o escandalizado por un derroche que nada tiene de evangélico.
La caridad no es pasividad: no se trata de no realizar algo que está mal, sino que la caridad ha de tener un carácter activo, como históricamente las cofradías entendieron y que sigue presente en muchas actuales: es el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Evidentemente las circunstancias no son las mismas que las de siglos anteriores; hoy las instituciones públicas cumplen muchos de los cometidos que en tiempos pretéritos realizaban las cofradías, pero el hombre sigue siendo débil y necesitando la ayuda de los demás. ¿Cómo pueden manifestar las cofradías la solicitud de Dios para con sus hijos? Una primera respuesta parece fácil: con dinero; muchas de vuestras asociaciones lo hacen, bien directamente por medio de instituciones propias, bien de modo indirecto colaborando con otras instituciones. La segunda quizá más difícil y que además entraría en el sentido de esa pastoral de conjunto de la que hablaba al principio: una cofradía inserta territorialmente en la circunscripción de una parroquia ¿no podría designar a alguno de sus miembros en las tareas caritativas de ésta (cáritas, visitadores de enfermos,...)?
5. La necesaria formación
Y, finamente, el tercer fundamento y clave para la evangelización de las cofradías lo encontramos en la "formación". Como es sabido este el objetivo de la Programación pastoral diocesana del presente curso pastoral 2009-2010. Todas las cofradías deben tener en sus actividades un tiempo para la formación interna de cada uno de los hermanos. Hay que programar momentos para tal fin, teniendo en cuenta las líneas que nos proponen los planes pastorales diocesanos.
La formación, para vivir en cristiano desde la opción cofrade, no es una mera información de doctrina. Se trata de hacer realidad la unión entre la fe y la vida. Lo que realmente convence al mundo no son nuestras palabras sino nuestros hechos de vida. Tenemos el derecho y el deber de la formación, de una formación humana y cristiana, que tenga en cuenta todas las dimensiones de la persona y toque los campos de su misión evangelizadora, que despierte a la responsabilidad social y que favorezca el crecimiento de la vida espiritual y cofrade.
La formación ha de ayudar a los cofrades, en primer lugar, a crecer y madurar como cristianos. Por ello ha de propiciar el encuentro con el Dios vivo, que nos ha revelado en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y de su verdad; es decir, ha de llevar al encuentro personal con el Señor Resucitado, que suscita el deseo de crecer en el conocimiento, en la comprensión y en el amor de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes se encuentran con Él se ven impulsados por la fuerza de la gracia y del Evangelio a llevar una vida marcada por el seguimiento del Señor y una vida de testimonio cristiano, alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos del Señor, la Iglesia.
La formación cristiana implica, en segundo lugar, conocer la doctrina y de la moral de la Iglesia. Esto es sumamente necesario y especialmente urgente, pues constatamos que muchos de nuestros cristianos desconocen las verdades más elementales de la fe y de la moral de la Iglesia. Y sin ello nadie podrá darse ni dar razones de su fe ni de su esperanza, máxime en un mundo descristianizado.
Encuentro vivificante y transformador con el Señor, conocimiento de Él y de sus enseñanzas en la tradición viva de la Iglesia, y testimonio en la Iglesia y en el mundo son fines inseparables de la formación cristiana. Formarse en cristiano es dejarse formar, transformar y renovar por el Señor, por su Palabra y por sus Sacramentos hasta llegar a ser hombres nuevos, con un nuevo modo de pensar, querer, sentir, actuar y existir; y éste no es otro sino el del Cristo y de su Evangelio. Sólo seremos ‘hombres nuevos', como dice San Pablo, si nos dejamos conquistar, formar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo.
Se hace urgente la necesidad de formar cristianos cofrades que puedan ser buenos dirigentes de las cofradías Nuestra sociedad necesita cristianos cofrades maduros, responsables, preparados, despiertos, atentos, críticos en su encuentro con la sociedad, capaces de amar y de entregarse, para que puedan responder a las exigencias de vocación y misión evangelizadora en el mundo que les ha tocado vivir. Hombres y mujeres que sepan ser dialogantes, animadores entusiastas, misericordiosos, que sepan comprender y perdonar, y que sepan colaborar con las orientaciones que marca la Iglesia.
Nuestra Hermandad necesita ser creíble como aquellas primeras comunidades de cristianos cuyo distintivo era sólo el amor que se tenían unos a otros. Podemos pensar que todo esto son palabras utópicas, casi un sueño irrealizable.
Abrámonos a las palabras de la Sagrada Escritura: "Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaré la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez 36, 26)
Que Santa María, la Virgen de la Piedad, nuestra Madre nos siga protegiendo en nuestro caminar.
- La finalidad de Nuestra Hermandad no puede verse al margen de la misión de la Iglesia: la evangelización. Considerarlo de otra manera es la forma más clara de dejar de ser lo que somos para convertirnos en defensores de unos intereses impropios de una cofradía, porque no serían los de Cristo y los de su Iglesia;
- Esta misión de las cofradías se concreta, sobre todo, en el incremento del culto público. Esto supone especialmente manifestar la adoración, alabanza y gloria de Dios, y exige como consecuencia necesaria el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Otro tipo de actividades son buenas, quizá también convenientes, pero no corresponden al ser propio de una cofradía;
- Para que esto pueda llevarse a cabo es necesaria la formación.
Unas observaciones previas:
En nuestra sociedad actual, las personas se encuentran ante el hecho religioso unos como agnósticos o ateos, quienes, evidentemente, no tienen ninguna actividad de tipo religioso; otros son personas creyentes y comprometidas en las tareas de la comunidad a la que pertenecen, dan testimonio de su fe en la propia vida, en el mundo y en los ambientes donde les ha tocado vivir. Y por fin, nos encontramos con otro grupo de personas que, sin tener grandes compromisos cristianos en la comunidad y en el mundo, viven una religiosidad de tipo popular y se dicen católicos. La razón fundamental es por tradición familiar o cultural.
Teniendo en cuenta esto, nos encontramos con la siguiente realidad: Son cuantiosos los cristianos católicos.
Cierto que la mayoría no tiene compromiso alguno ni en la comunidad parroquial ni de forma permanente en la propia Hermandad; pero es igualmente cierto que muchos cofrades trabajan dentro de las comunidades parroquiales y movimientos en las distintas tareas de la pastoral (catequesis, liturgia, cáritas, consejos pastorales o de economía, etc.). A la vez las juntas de gobierno dedican muchas horas y esfuerzos a las tareas propias de su cofradía, dedicando también esfuerzo, trabajo y medios en obras de carácter social.
2. La misión de las cofradías es la misma misión de la Iglesia
¿Pero en qué consiste esa misión de la Iglesia realizada, también de las cofradías en comunión con los pastores? La respuesta la tenemos en la Exhortación apostólica postsinodal Evangelii nuntiandi del papa Pablo VI en 1974: "La evangelización es la razón de ser de la Iglesia". Esta afirmación clara y contundente que hace el Papa Pablo VI es extensible a las cofradías de la Iglesia, que, como cualquier otra institución eclesial, existen para evangelizar.
La evangelización supone la renovación de la humanidad y de sectores de la humanidad, de las sociedades y de las culturas. En la tarea evangelizadora es de capital importancia el anuncio explícito de la Buena Nueva de Jesucristo y el testimonio personal y comunitario (EN, 17-14)
La evangelización es, hoy, la razón de ser de las cofradías como iglesia que son. Nos toca evangelizar en una sociedad de increencia e indiferencia religiosa. ¿Cómo anunciar a Jesucristo hoy y ahora?, ¿Cómo proponer el mensaje de salvación para que sea creíble en un mundo de increencia e indiferencia? ¿Cómo comunicarlo y cómo anunciarlo? ¿Qué puede aportar el cristianismo al mundo de hoy? ¿Cómo suscitar hoy la pregunta sobre Dios?
Todos los hombres y mujeres que forman parte de las cofradías tienen esta misión como cristianos laicos que están en la Iglesia y en el mundo. Hay que proponer de forma concreta a la sociedad donde está ubicada la cofradía, aquellos principios y acciones que ayuden a facilitar la tarea evangelizadora que como parte de la Iglesia tiene encomendada.
Sería, sin embargo, impensable que todo fuera realizable por las cofradías o por otro tipo de instituciones dentro de la Iglesia. Es labor de la Iglesia en su conjunto. Por ello hemos de caer en la cuenta que ningún organismo religioso puede ir por libre, atendiendo sólo a sus intereses particulares, sino que debe estar en relación, más aún, en comunión con el resto de la comunidad eclesial. De ahí la importancia que tiene la articulación de la actividad de las cofradías en el conjunto de la pastoral diocesana y parroquial.
Las cofradías tienen tres fundamentos que a su vez son las tres claves con las que pueden evangelizar dentro de la propia cofradía y en la comunidad donde tiene su sede: culto, caridad y formación.
3. El incremento del culto público
Las cofradías son asociaciones que se proponen como fin el incremento del culto público; es su característica propia y distintiva, como se recoge en los fines de todos los estatutos de las cofradías. El Código de Derecho Canónico de 1983 menciona el culto público, pero no da una definición del mismo, para ello tendremos que acudir a la que recogía el canon 1256 del Código de 1917 según el cuál "el culto se llama público si se tributa en nombre de la Iglesia por personas legítimamente constituidas al efecto y mediante actos que por institución de la Iglesia están reservados exclusivamente para honrar a Dios, a los santos y a los beatos; en caso contrario se denomina culto privado".
De esta definición de culto público se pueden extraer los tres elementos que lo constituyen:
- El culto es público porque se hace en nombre de la Iglesia; es decir, es una acción de la Iglesia toda, de la comunidad eclesial (no únicamente de la cofradía) y se hace por mandato de la autoridad jerárquica.
- Ha de hacerse por las personas a las que se les reconoce en derecho: clérigos, religiosos (especialmente los monjes en la recitación de la Liturgia de las Horas) y los laicos en las circunstancias que tienen reconocidas y su participación en los actos de culto de los anteriores.
- Este culto está realizado por institución de la Iglesia por medio de aquellos a los que está reservado y destinado exclusivamente a honrar a Dios, a la Santísima Virgen, a los santos y a los beatos.
Ese culto público se manifiesta no sólo en las funciones litúrgicas que se celebren en los templos, sino también en las procesiones que se realizan fuera de ellos. Es el caso concreto de las cofradías peniténciales o de Semana Santa, así como el de las cofradías patronales. En cualquier caso el culto tributado en y por las cofradías, como lugar y como sujeto del mismo, no puede ser realizado de cualquier manera.
Es liturgia y, por tanto como dice la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium en su n. 7: "Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Esto supone necesariamente una purificación de elementos espurios que se hayan ido colando a lo largo del tiempo, seguramente con la mejor intención del mundo; purificación que pasa por trabajo común de pastores y fieles y humildad de todos para someterse a la verdad contenida en los libros litúrgicos y en la razón rectamente formada. Esto nos lleva a no buscar extravagancias o lujos inmoderados, en enseres y en comportamientos, que, muchas veces, más que a la piedad mueven al escándalo.
El primer fundamento y clave de vuestra tarea evangelizadora es el incremento del culto cristiano. Dar culto a quienes las imágenes titulares representan. El primer paso para ello es tener una fuerte experiencia de Dios. Cuando nos planteamos la urgencia del anuncio de Cristo en nuestro mundo concreto, no podemos olvidar que el evangelizador, más que hacer, es. Lo más importante es "ser en Cristo". La novedad de Cristo debe irrumpir en nuestra vida, sólo así podremos anunciarlo. Anunciar a Cristo no es sólo hablar de él, es hacerlo ver. El Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Al comienzo del nuevo milenio", nos decía: "nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro" (NMI 16). No se puede hablar de lo que no se conoce. Por eso es necesario que el evangelizador, el cofrade, para anunciar a Cristo, sea una persona de oración. Siendo testigos en el corazón de nuestra sociedad lograremos superar la separación entre la fe y la vida, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo que ya denunciaba el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes (n. 43). A veces tenemos el peligro de pensar que sabemos todo sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Virgen, por el mero hecho de pertenecer, desde siempre, a una cofradía. El cristianismo más que una doctrina es un encuentro con Cristo (Deus Caritas est, 1). Desde Él quedará transformada nuestra vida.
4. Su reflejo en la caridad
El segundo fundamento y clave para la evangelización en y por las cofradías lo encontramos en la ayuda mutua, en la solidaridad, en la caridad con los hermanos y con los más pobres del mundo. No bastan las imágenes, no bastan los buenos programas de formación, no bastan las catequesis que hacemos por la calles con nuestras procesiones. Todo quedaría en palabras y en hechos vacíos de contenidos que a nadie convencerían. No es admisible un culto separado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una oración apartada del compromiso cotidiano, una fe sin obras.
En las cofradías han estado siempre presentes e íntimamente unidos el incremento del culto público, de un lado, y, por otro, la ayuda mutua entre los hermanos y la práctica de la caridad con los más necesitados.
Hemos de ver aquí la íntima relación que existe entre culto y caridad. En la nueva ley el verdadero culto es la ofrenda del corazón y de la propia vida y que tiene como manifestación más excelente en el culto litúrgico, especialmente en la Santísima Eucaristía. Culto que hay que mimar dándole la mayor dignidad posible, pero que exige por su propia dinámica que nadie se sienta excluido o escandalizado por un derroche que nada tiene de evangélico.
La caridad no es pasividad: no se trata de no realizar algo que está mal, sino que la caridad ha de tener un carácter activo, como históricamente las cofradías entendieron y que sigue presente en muchas actuales: es el compromiso con las realidades dolientes del mundo. Evidentemente las circunstancias no son las mismas que las de siglos anteriores; hoy las instituciones públicas cumplen muchos de los cometidos que en tiempos pretéritos realizaban las cofradías, pero el hombre sigue siendo débil y necesitando la ayuda de los demás. ¿Cómo pueden manifestar las cofradías la solicitud de Dios para con sus hijos? Una primera respuesta parece fácil: con dinero; muchas de vuestras asociaciones lo hacen, bien directamente por medio de instituciones propias, bien de modo indirecto colaborando con otras instituciones. La segunda quizá más difícil y que además entraría en el sentido de esa pastoral de conjunto de la que hablaba al principio: una cofradía inserta territorialmente en la circunscripción de una parroquia ¿no podría designar a alguno de sus miembros en las tareas caritativas de ésta (cáritas, visitadores de enfermos,...)?
5. La necesaria formación
Y, finamente, el tercer fundamento y clave para la evangelización de las cofradías lo encontramos en la "formación". Como es sabido este el objetivo de la Programación pastoral diocesana del presente curso pastoral 2009-2010. Todas las cofradías deben tener en sus actividades un tiempo para la formación interna de cada uno de los hermanos. Hay que programar momentos para tal fin, teniendo en cuenta las líneas que nos proponen los planes pastorales diocesanos.
La formación, para vivir en cristiano desde la opción cofrade, no es una mera información de doctrina. Se trata de hacer realidad la unión entre la fe y la vida. Lo que realmente convence al mundo no son nuestras palabras sino nuestros hechos de vida. Tenemos el derecho y el deber de la formación, de una formación humana y cristiana, que tenga en cuenta todas las dimensiones de la persona y toque los campos de su misión evangelizadora, que despierte a la responsabilidad social y que favorezca el crecimiento de la vida espiritual y cofrade.
La formación ha de ayudar a los cofrades, en primer lugar, a crecer y madurar como cristianos. Por ello ha de propiciar el encuentro con el Dios vivo, que nos ha revelado en Jesucristo la fuerza transformadora de su amor y de su verdad; es decir, ha de llevar al encuentro personal con el Señor Resucitado, que suscita el deseo de crecer en el conocimiento, en la comprensión y en el amor de Cristo y de su enseñanza. De este modo, quienes se encuentran con Él se ven impulsados por la fuerza de la gracia y del Evangelio a llevar una vida marcada por el seguimiento del Señor y una vida de testimonio cristiano, alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos del Señor, la Iglesia.
La formación cristiana implica, en segundo lugar, conocer la doctrina y de la moral de la Iglesia. Esto es sumamente necesario y especialmente urgente, pues constatamos que muchos de nuestros cristianos desconocen las verdades más elementales de la fe y de la moral de la Iglesia. Y sin ello nadie podrá darse ni dar razones de su fe ni de su esperanza, máxime en un mundo descristianizado.
Encuentro vivificante y transformador con el Señor, conocimiento de Él y de sus enseñanzas en la tradición viva de la Iglesia, y testimonio en la Iglesia y en el mundo son fines inseparables de la formación cristiana. Formarse en cristiano es dejarse formar, transformar y renovar por el Señor, por su Palabra y por sus Sacramentos hasta llegar a ser hombres nuevos, con un nuevo modo de pensar, querer, sentir, actuar y existir; y éste no es otro sino el del Cristo y de su Evangelio. Sólo seremos ‘hombres nuevos', como dice San Pablo, si nos dejamos conquistar, formar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo.
Se hace urgente la necesidad de formar cristianos cofrades que puedan ser buenos dirigentes de las cofradías Nuestra sociedad necesita cristianos cofrades maduros, responsables, preparados, despiertos, atentos, críticos en su encuentro con la sociedad, capaces de amar y de entregarse, para que puedan responder a las exigencias de vocación y misión evangelizadora en el mundo que les ha tocado vivir. Hombres y mujeres que sepan ser dialogantes, animadores entusiastas, misericordiosos, que sepan comprender y perdonar, y que sepan colaborar con las orientaciones que marca la Iglesia.
Nuestra Hermandad necesita ser creíble como aquellas primeras comunidades de cristianos cuyo distintivo era sólo el amor que se tenían unos a otros. Podemos pensar que todo esto son palabras utópicas, casi un sueño irrealizable.
Abrámonos a las palabras de la Sagrada Escritura: "Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaré la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios" (Ez 36, 26)
Que Santa María, la Virgen de la Piedad, nuestra Madre nos siga protegiendo en nuestro caminar.
XV verbena de S. Sebastian
Será su décimo quinta edición. La Hermandad del Dulce Nombre de Jesús viene canalizando
las inquietudes de los habitantes del barrio, en cuanto a que se revitalice el día de Nuestro
Santo Patrón y se le dote del esplendor que se merece. No se desea que pase desapercibido,
ni desde el punto de vista litúrgico ni tampoco lúdico. Sabemos que ambos aspectos deben
coexistir en tanto que nuestra idiosincrasia admite ambos límites.
La experiencia de años anteriores nos ha demostrado que el conjunto de actividades
diseñadas, en unión con nuestra parroquia, ha sido efectiva. La ciudadanía Marchenera ha
depositado su confianza en nosotros y eso nos estimula a continuar esta obra por y para
nuestros conciudadanos.
Estos quince años han constituido una plataforma idónea para el análisis coherente y dinámico
de estudio de detección de necesidades. La diversidad en aspectos de Liturgia y Ocio son los
elementos claves que justifican el éxito.
En cuanto a poner en marcha una dinámica de esta envergadura, inevitablemente se hace
necesario el ‘arranque de motores’ que inyecte la suficiente sostenibilidad económica. De
todos es sabido que los recursos endógenos de una Hermandad de ámbito rural, no son lo
suficiente y el aporte exógeno por tanto se hace fundamental.
A última instancia dejar constancia que la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús es un
agente diversificador con respecto a los resultados obtenidos, puesto que refuerza sus obras
asistenciales tanto para sus conciudadanos como para sí misma.
las inquietudes de los habitantes del barrio, en cuanto a que se revitalice el día de Nuestro
Santo Patrón y se le dote del esplendor que se merece. No se desea que pase desapercibido,
ni desde el punto de vista litúrgico ni tampoco lúdico. Sabemos que ambos aspectos deben
coexistir en tanto que nuestra idiosincrasia admite ambos límites.
La experiencia de años anteriores nos ha demostrado que el conjunto de actividades
diseñadas, en unión con nuestra parroquia, ha sido efectiva. La ciudadanía Marchenera ha
depositado su confianza en nosotros y eso nos estimula a continuar esta obra por y para
nuestros conciudadanos.
Estos quince años han constituido una plataforma idónea para el análisis coherente y dinámico
de estudio de detección de necesidades. La diversidad en aspectos de Liturgia y Ocio son los
elementos claves que justifican el éxito.
En cuanto a poner en marcha una dinámica de esta envergadura, inevitablemente se hace
necesario el ‘arranque de motores’ que inyecte la suficiente sostenibilidad económica. De
todos es sabido que los recursos endógenos de una Hermandad de ámbito rural, no son lo
suficiente y el aporte exógeno por tanto se hace fundamental.
A última instancia dejar constancia que la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús es un
agente diversificador con respecto a los resultados obtenidos, puesto que refuerza sus obras
asistenciales tanto para sus conciudadanos como para sí misma.
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